Ruta por los Balcanes (2): Sarajevo

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Sarajevo se asoma de noche como una larga calle plagada de rascacielos poblados por miles de habitantes con un pasado aún reciente agitando sus sueños pero también por bancos y compañías multinacionales. Viendo esa sucesión de edificios, en la oscuridad de la noche, uno no puede asimilar que detrás de esas altas casas hace tan sólo quince años la convivencia saltara por los aires entre vecinos de toda la vida.

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Desde mi ventana veo cinco minaretes de otras tantas mezquitas, tres campanarios de iglesias católicas u ortodoxas y adivino el edificio de la sinagoga de Sarajevo, a la que acudían muchos judíos que se distinguieron por ser los primeros luchadores por el socialismo en Bosnia y, después, los primeros antifascistas.

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Esta ciudad que albergó los Juegos Olímpicos de Invierno en 1984 (ayer mismo) regresó al infierno de las sociedades primitivas tan sólo ocho años después cuando los serbios, por un lado, y los croatas, por otro, quisieron repartirse lo que hasta entonces era la República Socialista de Bosnia Herzegovina.

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Sarajevo, donde convivían en paz musulmanes, católicos, judíos y ortodoxos y donde las familias eran fruto de las mezclas anudadas con el paso de los siglos, no pudo conseguir que se mantuviera ese equilibrio aparentemente estable.

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Los que defendían el gobierno bosnio sin hegemonía nacionalista o religiosa se vieron desbordados por la limpieza étnica desatada desde todos los lados y hubieron de soportar el triunfo de las tesis más sectarias que dieron lugar a un cerco inhumano de tres años. 

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El Museo de Historia, aún bombardeado, muestra el recuerdo vivo del hambre y el miedo de esos días lúgubres, eternos, sin fin…

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El mercado al aire libre de Markale, que luce ahora tan apacible,  fue el terrible escenario de dos matanzas perpetradas por los francotiradores serbios que rodeaban desde las montañas y algunos edificios el estrecho valle de Sarajevo.  Esa matanza obligó finalmente a las hipócritas autoridades internacionales a intervenir, salvando a los habitantes de la ciudad de más metralla y ayudándoles con alimentos que paliaran un poco el hambre acumulado de varios años. Un tiempo en el que los solares vacíos entre los bloques de pisos de una ciudad moderna como Sarajevo se convirtieron de la noche a la mañana en huertos improvisados.

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Esa matanza, como tantas otras que sufrió esta ciudad mártir, se recuerdan en pequeñas lápidas a modo de buzón que se encuentran en un lateral del mercado, junto a una parada de autobús, en una esquina, en cualquier sitio… porque en cualquier sitio asomaba repentina la muerte.

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Toda la ciudad es el zaguán de un inmenso cementerio que desde las colinas muestra hileras interminables de lápidas verticales donde, invariablemente, la fecha de fallecimiento es 1992, 1993 o 1994. En esos años murieron doce mil personas, cincuenta mil resultaron heridas, miles de personas fueron desplazadas o huyeron. La población de Sarajevo, tras el cerco, se había reducido en un 35%.

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Nunca el pasado estuvo y estará tan presente en una ciudad. Callejeando por Sarajevo, la vista se topa irremediablemente con casas llenas  de agujeros, boquetes, paredes horadadas o desconchadas, muros derruidos, cristales rotos…

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Sabedores de que la memoria colectiva europea siempre albergará Sarajevo en el cajón de las ignominias imperdonables del género humano, algunos se empeñan en que no se olvide lo que pasó. Recordar, dicen,  siempre ayuda a no volver a caer en el error, aunque, en el fondo, ninguno creamos que ese deseo se cumple realmente. Un ejemplo de ese empeño es el Museo del Túnel, abierto en las afueras de la ciudad al borde mismo de las pistas del aeropuerto de Sarajevo.

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En aquellos días aciagos, el aeropuerto era la frontera entre el territorio leal al gobierno bosnio de la mayor parte de Sarajevo y el resto de fuerzas del recién creado ejercito de Bosnia. Para abastecerse de material , imposible por el cerco al que los serbios sometían a los sarajevinos desde las montañas, un esforzado, valiente e intrépido bosnio construyó desde  el sótano de su casa un túnel que pasaba por debajo de las pistas del aeropuerto.

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Hoy lo enseña a quien quiera verlo. Los nuevos turistas bélicos vienen del resto de la antigua Yugoslavia para constatar la barbaridad del monstruo que entre todos crearon siguiendo las consignas reaccionarias y patrioteras. Pero también hay turistas musulmanes que lloran de emoción ante la madre de ese antiguo guerrillero por salvar ese corazón del Islam en Europa.

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No son los únicos. Fundaciones religiosas y bancos de Arabia Saudí o Turquía han desembarcado en la nueva Bosnia. Como también lo han hecho los grandes emporios bancarios de Austria, Italia o Grecia, que buscan los ahorros del empobrecido pueblo bosnio. El sueldo medio no supera los 300 euros al mes, mientras los precios son equiparables a cualquier capital de Europa Occidental. La economía sumergida es casi una obligación para poder conseguir una vida mínimamente digna.

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Mientras tanto, el pais está cogido por los alfileres clavados por la eufemísticamente llamada “comunidad internacional”.  Bosnia Herzegovina es un estado que se compone de dos entidades llamadas República Sprska (la república de los serbios de Bosnia) y Federación de Bosnia y Herzegovina (unión, a su vez, de los gobiernos de musulmanes y croatas).

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Añádase a este entramado un centenar de cantones repartidos por todo el pais, que, como las entidades anteriores, dispone de un gobierno con sus ministros, asesorados siempre por dos asesores de las otras identidades nacionales. En pocas palabras: cien gobiernos con sus sueldos nunca modestos en un pais con una economía aún sin despegar y dependiente siempre de los “padres” vigilantes (Serbia o Croacia).

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La gente no quiere hablar del pasado, está bastante ocupada en salvar el presente y asegurar el incierto futuro. Por las calles y plazas se ve una pléyade de gente joven dispuesta a salir adelante como sea y no ceja en su empeño se seguir tomando el almuerzo en la taberna o la cerveza local en las terrazas, antes de regresar a las colmenas verticales de Novo Sarajevo.

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Las preocupaciones de los habitantes de esta ciudad son casi idénticas a las del resto del continente: la crisis (en su caso, casi eterna), la corrupción y los políticos.  En cambio para los bosnios, esa agónica Europa es el ansiado puerto de llegada tras una larga travesía de años duros, durísimos. El viejo continente les ha legado el galimatías de su estructura política, fuerzas militares de pacificación y mucho dinero.

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Pero en ese amplio saco caben también apuestas heroicas como la restauración del precioso edificio neomorisco que albergaba el viejo ayuntamiento y  la Biblioteca Nacional, destruida en el sitio de la ciudad junto a millones de libros irremplazables. En su interior, entre los escombros, varios músicos ofrecieron conciertos para la población acorralada.

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Por encima de todo, la vida siempre continúa.

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Cómo llegar:

Desde Belgrado existen autobuses y trenes con un trayecto de más de nueve horas. También las líneas aéreas serbias (JAT) y bosnias (BHAirlines) mantienen un vuelo de menos de una hora que comunica ambas capitales . Desde Zagreb hay trenes nocturnos y vuelos.

Moneda:

Curiosamente, en Bosnia circula el Marco. Concretamente, el Marco Convertible (KM). Herencia de la guerra, cuando el marco alemán era la moneda de cambio en ese ambiente de urgencia destructiva. La equivalencia es 1 euro = 2 KM

Qué ver:

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Pasear y comprar por los bazares de Barscarsija, el barrio histórico de Sarajevo, y pararse junto a la Sebilj, la fuente símbolo de la ciudad. En sus tabernas, comer eltradicional kebab de los Balcanes, que aquí se llama Cevabdzi.

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Pasear por las orillas del rio Miljacka, y sentarse en el Puente Latino, donde en 1914 fueron asesinados el archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona del Imperio Austrohungaro y su esposa  Sofía, ocasionando de ese modo el comienzo de la Primera Guerra Mundial.

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Visitar el museo del Túnel, en las afueras del aeropueto, en el municipio de Ilidza

Admirar, aunque sólo sea por fuera, la Biblioteca Nacional, en proceso de restauración

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Visitar la  vieja sinagoga, donde se guarda la historia de los judíos de Sarajevo, en su mayoría sefardíes que huyeron de España en el siglo XV y trajeron consigo un libro de valor incalculable: la Haggadah

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Visitar la mezquita de Gazi Husreb Bey y sorprenderse ante una torre campanario de una iglesia cristiana, que luego se comprueba que es una torre con un reloj con los números árabes y la media luna en su cima.

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Conocer la vida de los antiguos sarajevitas en dos mansiones, incluidas en la red de Museos de Sarajevo: la casa Srvzo, ejemplo de mansión otomana, y la casa Despica, donde se reproduce la vida de una familia de acomodados comerciantes de la época del Imperio Austrohúngaro.

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Comer o cenar, con cerveza naturalmente, en la fábrica de cervezas Sarajevska Pivara

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Visitar el Museo Nacional, que alberga el original del libro judío de la Haggadah , y a su lado el Museo de Historia de Bosnia, para contemplar los efectos de la guerra y conocer los documentos que testifican el sufrimiento del cerco a Sarajevo. El bar de este Museo se llama Tito (su logotipo es la firma de Josip Broz “Tito”) y se puede tomar una cerveza junto a tanques y cañones antiaéreos.

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Fotos de Carmen Urbina

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