Corfú: la joya griega del mar Jónico

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La mejor manera de llegar a Corfú es por mar. Desde Albania, el horizonte se ensancha poco a poco y la mole gris se torna cada vez más verde. Las montañas del norte de la isla saludan al barco entre pequeños pueblos marineros amparados por minúsculas bahías entre bosques. 

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La vegetación ha servido para que Corfú sea bautizada como la isla verde. Y el calificativo hace honor a la verdad. Las sinuosas carreteras que serpentean por la isla se abren paso entre bosques de pinos, cipreses y, sobre todo, olivos centenarios, retorcidos, inmensos, enormes y con las telas envueltas entre los troncos para ser utilizadas en el otoño en la varea manual de la oliva. Porque aquí no hay ni espacio ni propiedades para que entren las máquinas modernas de varear. Se trata de pequeñas fincas, cultivadas por generaciones consecutivas de isleños, que sacan de los árboles su cosecha anual de buen aceite para su uso diario. 

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Para conocer a los auténticos corfiotas hay que subir las empinadas carreteras y perderse en sus pequeños pueblos. Allí se oye el silencio que protagoniza el discurrir de la mayor parte del día en sus casas de piedra orientadas siempre hacia el sol que da calor y vida. Las calles estrechas y las escaleras empedradas que unen los minúsculos barrios llevan al visitante inexorablemente a la plaza con el ayuntamiento y los tres cafés habituales. Allí sí que hay vida, con los paisanos en las mesas jugando al dominó, cuyas fichas resuenan en toda la plaza, mientras beben el obligado café frappé de cualquier griego que se precie.

Las comidas son caseras y ofrecen contundentes platos de carne como el sofrito; calamares o pulpos; el saganaki, queso frito en aceite de oliva; la inevitable moussaka con patatas; los innumerables platos de carne y arroz envueltos en hojas de parra, o dentro de pimientos y tomates; el extraño, para nuestro paladar, vino de  retsina o el licor anisado ouzo, rebajado con agua, para completar el ágape.

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Los pueblos nada tienen que ver con las playas y las localidades turísticas. Corfú acoge turistas desde hace casi doscientos años y no es de extrañar, pues, que las infraestructuras no sean moles mastodónticas de mediados del siglo XX. Es un alivio para los ojos y para la estancia.

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Playas con guijarros como en todo el Adriático y Jónico se suceden a intervalos, enmarcadas entre cabos o rocas, convirtiendo el litoral en una sucesión de calas, pequeñas radas y entrantes sinuosos. Las sombrillas y las tumbonas son indispensables para que la espalda no padezca los embates pétreos. Los chiringuitos se han trocado en restaurantes y cafés lounge de diseño como corresponde a un turismo con clase, tradicionalmente británico y a años luz de los hooligans que asolan las costas españolas.

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Las mansiones, como corresponde al pedigrí británico, se esconden entre setos y pinares y siguen la estela de ilustres visitantes como la princesa Sissi o la familia real inglesa. El cosmopolitismo de ese turismo  aristocrático no impide que lo más genuinamente griego aflore a la superficie.

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Por ejemplo, la omnipotente y omnipresente iglesia ortodoxa griega, un auténtico Estado dentro del Estado con importantes propiedades en todo el pais. Sus iglesias y monasterios se encaraman en lugares envidiables y suponen un auténtico remanso de paz frente al bullicio costero. La presencia religiosa es constante y no hay carretera que no albergue en sus cunetas el sempiterno templo en miniatura que, en su interior, esconde ofrendas votivas como velas, bebidas, estampitas y fotos de la Virgen o el santo patrón de la isla, Espiridión.

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A él precisamente está dedicado uno de los principales templos de la capital. Pero no sólo ése es el interés de una de las ciudades más bellas del Mediterráneo.  La ciudad de Corfú, contemplada desde el mar, es un barco a punto de zarpar, un espolón pétreo rodeado de murallas como atestigua su larga y azarosa historia. Dos ciudadelas, la nueva y la vieja, marcan la proa y la popa de este navío veneciano en un mar griego.

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El dédalo de callejas entre un extremo y el otro forman el barrio del Campiello, donde se nota la presencia de la Serenísima República Véneta en sus calles estrechas y, sobre todo, en sus casas y sus contraventanas tan italianas. El comercio bullicioso, las tabernas animadas y la alegría de las gentes son herencia de esa invasión, que dio paso a los Británicos en el siglo XIX con sus edificios neoclásicos, que constituyen la mayoría de palacios oficiales. Los ingleses trajeron los parques y los paseos como la Spianada con sus elegantes cafés donde tomar el consabido té y dejarse ver en sociedad.

El paso de sucesivos invasores no ha cambiado el pausado ritmo vital de los griegos, aunque tampoco ha cambiado costumbres nefastas aún vigentes como la necesidad de echar el papel higiénico usado a la papelera del baño porque las cañerías son estrechas. Nadie es perfecto.

Aunque, en los tiempos que corren, hay solidaridades mediterráneas por encima de cualquier otro razonamiento. Como me dijo una camarera en un restaurante de playa: “We like spanish people, specially now”.

Cómo llegar:

Por avión, hay vuelos de bajo coste desde toda Europa menos España. Se puede acceder desde nuestro pais vía Atenas. Por barco, se puede llegar desde Venecia (27 horas), Sarande (Albania) o Igoumenitsa (Grecia continental)

Moneda:

En Corfú, como en el resto de Grecia, circula el Euro.

Itinerario:

En Corfú capital, recorrer las dos fortalezas (la nueva y la vieja). Pasear por el Campiello, el barrio antiguo, y comer en una taberna. Tomar café en alguna terraza de los soportales del Liston en la Spianada. Visitar la iglesia del santo patrón, San Espiridión  y el Palacio de San Jorge y San Miguel con su Museo de Arte Asiático.

Siguiendo hacia el sur, parar en Kanoni, justo después del aeropuerto, para admirar una bella vista de los islotes de Vlachérna y Pontikonísi y para visitar la villa neoclásica y los jardines de Mon Repos.

Un poco más al sur, visitar otro palacio neoclásico, el Achilleion, idea de la famosa emperatriz Sissi de Austria-Hungría.

En la parte sur de la isla, visitar el plácido pueblo de Lefkimmi y bañarse en la laguna de Límni Korission.

En el oeste de Corfú, visitar dos preciosos pueblos de interior como Pelekas y Sinarades, antes de bañarse en las playas de Glifada.

Subiendo hacia el norte, hay que parar en Paleokastritsa con sus calas y sus cuevas a las que se accede con barco,  subir al monasterio de la Virgen María para admirar toda la costa y luego cenar en un pueblo de la montaña, Doukades, en Casa Elisabeth, una taberna en la que aún manda la dueña que da nombre al establecimiento y que lo abrió hace cincuenta años.

En la costa norte, disfrutar de las playas de Sidari, Roda o Aharavi antes de visitar los pueblos de pescadores de Kassiopi, Agios Stefanos o Kalami, donde aún permanece en pie la White House, la mansión donde vivió el escritor Lawrence Durrell y por donde pasaron otros escritores como Henry Millar. Hoy es un restaurante.

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Fotos de Carmen Urbina y Andrés Mourenza

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6 Respuestas a “Corfú: la joya griega del mar Jónico

  1. No dejas de sorprenderme, quedo siempre con la boca abieta ante tus iniciativas, que disfruteis mucho los dos en este nuevo viaje que emprendeis por la red, esto es como la leña que calienta tres veces, cuando la partes, cuando la colocas y cuando se quema, pues vosotros disfrutais igualmente de los viajes varias veces.
    Un besote muy fuerte para el parlanchín y su fotógrafa favorita.

  2. ¡Pero bueno, Molanti! ¿te has pasado a los blogs, o es que preparas tu prejubilación anticipadamente?.
    Los acabo de leer y son muy buenos y bien documentados históricamente. Me gustan y te acabo de añadir a mis Blogs favoritos, para poder seguirte.
    Felicita también ala fotógrafa por sus estupendas fotografías.
    A ver si nos podemos ver antes de finalizar el año, tengo cosas que contarte.
    Abrazos y besos.

    Jose Mª

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