Bratislava: el tesoro oculto de Centroeuropa

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Quienes hayan leido a Tintin se acordarán de Syldavia, ese reino imaginario centroeuropeo que aparecía en varios álbumes del intrépido reportero belga como “El cetro de Ottokar”, “Objetivo: la Luna” o “El asunto Tornasol”.  En nuestro imaginario colectivo, Syldavia se nos aparecía como una pequeña ciudad de un pequeño Estado anclado en un tiempo inmemorial.

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Algo así es Bratislava, la pequeña capital de un Estado jovencísimo, uno de los más nuevos del panorama europeo.
Entrar en la ciudad vieja de Bratislava, la Stare Mesto, es entrar en el siglo XVIII. Los palacios barrocos recién restaurados son una maravilla que deja anonanado a cualquiera e invitan a entrar en sus patios, que esconden mundos ocultos y desconocidos.

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Callejeando, uno se topa con media docena de esculturas que han hecho de Bratislava un lugar especial a medio camino entre una inmensa y abierta galería de arte y un divertido juego del escondite. Así, vamos descubriendo un paparazzi,  un cómico local,  un soldado napoleónico o un obrero que sale de la alcantarilla.

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La plaza mayor es tan coqueta y bella que parece realmente una postal. Allí se ven los pequeños y sencillos edificios consulares que se han instalado hace poco en este recién estrenado pais. Las banderas se suceden también entre los edificios de la calle Michalská, la calle central del barrio antiguo, que termina o empieza en la torre de San Miguel, de donde parten las carreteras de Eslovaquia.

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Allí nos enteramos que Estambul está a 1200 kilómetros y Madrid a 1800. Estamos, pues, en el centro de Europa, en un lugar que se llamó Pressburg para los alemanes, Presporok para los eslavos y Pozsony para los húngaros.  Sólo con la fundación del estado checoslovaco en 1918 se llamó Bratislava como querían los patriotas eslovacos.
Triste historia ha tenido este pais: ha unido su suerte durante setenta años a los checos , con los que comparte un idioma casi idéntico (aunque se llame checo en un pais y eslovaco en el otro) y durante siglos ha pertenecido al Reino de Hungría (aún hoy tienen en su escudo la Cruz de San Esteban y en la catedral de San Martín se han casado todos los reyes húngaros).

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En Hungría siguen reivindicando este pais como parte de la gran Hungría que perdieron tras la caida del Imperio AustroHungaro. Las varias naciones multiétnicas que surgieron entonces (Checoslovaquia o Yugoslavia) lo fueron para matar los peligrosos nacionalismos que habían desangrado Europa y que, por cierto, fueron alentados por los nazis con regímenes fascistas títeres como los de Croacia o Eslovaquia. También el comunismo intentó aplacar los nacionalismos pero, como se ha visto, con su caída surgieron de nuevo las tensiones étnicas y religiosas. En el caso eslovaco,por suerte, la separación fue pacífica.

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La religión parece haber sido el nexo de unión de los eslovacos porque, a pesar de los años de comunismo o quizá por éso, las iglesias están siempre llenas, a todas horas del día. La catedral gótica no es sino uno de los muchos templos singulares de la capital, donde se suceden verdaderas obras de arte como la iglesia de los Franciscanos o la de los Jesuitas.

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La religión ha cubierto el hueco de un poder político inexistente o efímero. El Castillo que se yergue orgulloso sobre la silueta de Bratislava fue el escenario de la coronación de los reyes húngaros y brilló durante el reinado de la empeatriz Maria Teresa, en pleno siglo XVIII. Un incendio fortuito en las cocinas destruyó el palacio que durante siglo y medio permaneció en ruinas sobre la llanura de Pressburgo (como se llamaba entonces la ciudad). 

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Sólo se ha recuperado en pleno siglo XX y durante el comunismo, precisamente. También se destruyó la hermosa Sinagoga (similar a la de Budapest) que se encontraba debajo del Castillo. Otro ejemplo de la barbarie que se vivió en los ultimos tiempos del Imperio. A veces paseando por la ciudad, uno no puede olvidar las penurias que sin duda pasó la población de esta atormentada parte de Europa en la primera mitad del siglo pasado.

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Ahora los ciudadanos de Bratislava son jovenes, rubios, altos, políglotas (aquí hay ocho universidades y sesenta mil estudiantes) y con poco paro. Será porque siempre ha sido un pais industrial, poco agricola (solo el 5% de la población activa se dedica a la agricultura, que produce un excelente vino en los Pequeños Cárpatos, cerca de Bratislava) y con un gran sector de servicios, sobre todo el turismo , cada vez con más pujanza peeo casi circunscrito a la capital , beneficiada por la cercanía a Viena y por ser una parada (aunque siempre de pocas horas) en la ruta habitual de los circuitos por Viena, Budapest y Praga.

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A ese desarrollo, sin duda, contribuye la apertura de los antiguos países comunistas al libre mercado, pero también una situación privilegiada en el mapa europeo y, sobre todo, a una vía de comunicación como no hay otra en el continente. Es el Danubio, el padre de todos los ríos,  por donde fluyen mercancías, viajeros e ideas sin importar las volubles fronteras que se han ido sucediendo a lo largo de la Historia.

Viniendo de España y del valle del Ebro (el río más caudaloso del pais) uno no puede por menos que descubrirse ante el Danubio: ¡Esto no es un río, es la autopista de Europa….!.

Cómo llegar:

Bratislava tiene vuelos baratos a varias capitales españolas como Barcelona, Málaga, Palma de Mallorca o Gran Canaria. Por tren y autobús hay conexiones con Praga, Budapest o Viena. Pero, sin duda, la mejor forma de llegar o partir de la capital eslovaca es en barco, por el Danubio, desde Budapest o desde Viena (que está a una hora escasa de viaje)

Moneda:

En Eslovaquia circula el euro.

Itinerario:

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El recorrido por la ciudad vieja y el castillo se puede realizar en una visita guiada a pie o en coche. En este caso, no se trata del tradicional autobús de dos pisos de las capitales europeas, sino en unas pequeñas furgonetas, remedo de los antiguos coches de las primeras décadas del siglo XX.

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En el barrio antiguo, el recorrido puede comenzar por el Palacio del Primado, el más hermoso palacio neoclásico de la ciudad. Entre su patios continúa la visita para acabar en el interior del antiguo ayuntamiento que, a su vez, nos desemboca en la plaza principal.

Este es un remanso de paz y de arte. No sólo por las estatuas que se suceden en la plaza, sino por el conjunto de edificios barrocos e iglesias que se pueden admirar en tan pequeño espacio. La plaza reúne varios cafés donde degustar la buena repostería de la ciudad, recuerdo del pasado imperial.

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Como una prolongación de la plaza principal está la plaza de los franciscanos, que debe su nombre a la iglesia y monasterio de esta orden, situados al lado de otra importante iglesia barroca, la de los jesuitas. Enfrente de los templos está el Palacio Mirbach, que alberga una de las sedes de la Galería Municipal en un interior rococó.

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Desde allí se accede por pequeñas callejuelas a la puerta de San Miguel, con su torre, que da paso a la calle principal del barrio, la calle Michalská, con tiendas, bares y edificios consulares que con sus banderas dan un toque cosmopolita. Aquí se encuentran importantes edificios como el Palacio de Pálffy o la Academia Istropolitana, la primera Universidad de la ciudad allá por el siglo XV, que habla de la ya histórica presencia de estudiantes en estas calles.

Al final de la calle se llega a la catedral de San Martín, un bello templo gótico donde se coronaron muchos monarcas húngaros, a los que se imponía la corona de San Esteban, el rey húngaro del siglo X que convirtió la nación al cristianismo. Una réplica de la corona, por cierto, se encuentra situada en lo alto de la torre de la catedral.

Al lado de la catedral se situaba una inmensa sinagoga, de la que no queda ni rastro. Sí está en su lugar un memorial en recuerdo de los judíos asesinados por los nazis.

Desde ahí se puede subir al Castillo por una ruta empinada , en la que la primera parada puede ser la curiosa Casa del Buen Pastor, uno de los edificios más estrechos de la capital. El castillo alberga exposiciones del Museo Nacional Eslovaco y desde allí se puede ver una magnifica vista de la llanura eslovaca surcada por el Danubio.

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Al lado del Castillo está el Parlamento del joven pais y enfrente, en la otra orilla del Danubio, se sitúa un inmenso barrio de edificios construidos durante el desarrollismo de la época comunista. Los bloques de viviendas, por lo menos, lucen coloridos y no con el habitual gris de los antiguos paises del otro lado del telón de acero.

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También al otro lado del río, al final del puente que cruza el Danubio bajo el Castillo, se encuentra uno de los vestigios de la época comunista. Es una torre con forma de ovni, en cuyo interior funciona un restaurante panorámico desde el que se obtiene otra impresionante vista del río y de la ciudad.

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Pasear por la orilla del Danubio permite observar el tráfico incesante de barcos, cruceros y navíos de todo tipo por el Danubio. Hay también barcos restaurante o barcos hotel anclados en sus orillas. A lo largo del paseo se ubican importantes edificios como el Museo Nacional o la Reduta, un precioso edificio neoclásico que alberga a la Orquesta Nacional.

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Ese edificio se abre a un amplio espacio en el que se halla también el Teatro Nacional y un gran número de cafés, restaurantes y hoteles en un recoleto paseo arbolado, desde el que se llega de nuevo en pocos metros a la plaza principal.

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Fuera del casco antiguo, hay otros lugares que ver como el Slavin, el monumento a la liberación de los nazis por los soviéticos que, como en otras capitales, se alza en lo alto de una montaña, con otra vista excepcional. También el Palacio Grassalkovich, sede del Presidente de la República, con sus amplios y hermosos jardines públicos, un nuevo remanso en una ciudad ya de por sí tranquila. O la iglesia Azul, un ejemplo de modernismo en una Bratislava llena de barroco y neoclasicismo.

Cerca de la capital está la comarca de los pequeños Cárpatos, que permite excursiones por sus montes y también la visita y degustación de los buenos vinos eslovacos.

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También en un paseo por barco desde Bratislava se puede acceder a Devin, una localidad ya fronteriza con Austria, que aún cuenta con las ruinas de su importante castillo con cientos de años de historia que destrozaron los ejércitos napoleónicos. Desde aquí se admira la confluencia del Danubio y el Morava y se puede disfrutar de muchas excursiones por las orillas de ambos ríos o por las montañas de los alrededores.

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(Fotos de Carmen Urbina)

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