Ruta por Flandes y Valonia (éso que llamamos Bélgica) (y 6) : Bruxelles / Brussels / Bruselas

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Bruselas es, para casi todos, sinónimo de una entelequia que nos domina en todos los ámbitos de la vida, una especie  de Olimpo moderno en cuyo seno moran los dioses, en este caso burocráticos. Ser el centro neurálgico de un monstruo llamado Unión Europea conlleva construir un barrio con anodinos e inmensos edificios administrativos como el Berlaymont, sede de la Comisión Europea, o la descomunal  mole del Parlamento Europeo

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Esa arquitectura contemporánea no es nueva en Bruselas. Cuarenta años antes, con motivo de la Exposición Universal de 1958, la capital belga ofreció al mundo el Atomium, un conjunto de nueve esferas de acero y aluminio, que suponían un canto a la modernidad nuclear en una época de coexistencia más o menos pacifica entre las dos superpotencias de la posguerra. Aquello también se llamó guerra fría y  supuso, en la práctica, el mayor desarrollo económico y social de Europa Occidental.

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Con esta primera referencia no es de extrañar que, de entrada, no cause excesivo furor viajar a Bruselas en viaje de placer.Pero además de esas muestras de arquitectura del siglo XX, Bruselas es una urbe que atesora mucha historia detrás. La Grande Place resume en pocos metros cuadrados todo cuanto hemos escrito en esta ruta por Flandes y Valonia. Esta plaza del mercado que se remonta al siglo XV fue ampliándose con palacios gremiales medievales y actualmente rememora su función histórica con un mercado diario de flores.

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Pero la sorpresa estriba en el impresionante ayuntamiento bruselense. Es el ejemplo de arquitectura civil más importante del pais, un bellísimo edificio del siglo XV coronado por una torre gótica de 96 metros y 420 escalones, en cuya cima se instala la estatua del arcángel San Miguel. Este hotel de ville ofrece en su fachada nada menos que 151 estatuas de reyes y príncipes y en su portal se acechan once figuras alegóricas y de santos. En el interior continúa la sorpresa con salas góticas donde se celebran reuniones de concejales, recepciones oficiales o se ofician matrimonios junto a tapices del siglo XVIII.

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La plaza mayor de Bruselas ofrece además cafés históricos donde degustar las estupendas cervezas belgas, pero también chocolaterías que han dado fama mundial a este pais o tiendas de encaje, otro de los productos emblemáticos de los belgas. Aunque, para tiendas, las que se suceden en las galerías Saint Hubert, muy cerca de la plaza, con cafés, tiendas de moda y restaurantes.

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La marea de turistas atraviesa esta plaza en pos del icono más conocido de esta ciudad: el Manneken Pis, el niño meón, que hasta tiene su museo con múltiples vestidos y customizaciones a cada cual más hortera. Dicen que era una fuente barroca que proveía de agua potable al barrio en el siglo XVI pero hay teorías que identifican la estatua como el homenaje a un niño que de esta forma ayudó a apagar la mecha de los cañones enemigos, o el agradecimiento de unos padres que habían perdido el hijo y lo encontraron tan feliz y meando en una calle…

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Fuera de ese centro tan pateado hay rincones por admirar para comprobar que hay vida humana más allá de la Unión Europea o los monumentos turísticos. El barrio del Sablon, por ejemplo, es un rincón que hará las delicias de los anticuarios y los amantes de las antigüedades en el mercado que se monta en la plaza central de esta tranquila zona. Menos glamour tienen los cachivaches que se exponen cada día en la plaza del Jeu de Balle, auténtico rastro enclavado en el centro del castizo barrio de Les Marolles, donde se encuentran los auténticos bruselenses en sus bares de toda la vida. Saint Gery, cerca de la Bolsa y la Grande Place, es el epicentro de la vida nocturna con bares, restaurantes o tiendas de diseñadores y de comic.

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Precisamente en sus calles se reproducen escenas de los tebeos que también han dado fama a este pais. Las medianeras de los edificios, e incluso las estaciones de metro,  lucen personajes de todo tipo que asaltan al visitante desprevenido. Para los amantes del octavo arte, Bélgica es sinónimo de Tintin, el inmortal personaje de Hergé.  El creador de Tintin tiene su museo en Louvaine-la-nouvelle (la nueva ciudad francófona surgida de la escisión de la universitaria y flamenca Leuven/Lovaina). Pero Bruselas puede enorgullecerse de ofrecer un espacio único dedicado al comic. Es el Centre Belge de la bande dessinée, donde se repasa la historia de las múltiples publicaciones, revistas, tebeos, periódicos, comics o libros  surgidos en este pais desde los años veinte.

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Un pais como Belgica, con un terrible e injusto sambenito de triste y gris, ha parido en su larga historia innumerables artistas de todo tipo y su recuerdo circula por el Musée Royaux des Beaux Arts, con dos museos unidos por un pasillo subterráneo, el de Arte Antiguo y el de Arte Moderno, con obras de Brueghel y Rubens, dos belgas sin duda universales. Y a su lado, ha surgido un nuevo espacio museístico dedicado a uno de los mejores artistas surrealistas, René Magritte.

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Hay otra Bruselas, ajena a la maquinaria burocrática europea. Es una ciudad con vida que hace de la cerveza su devoción y de las patatas fritas un arte. Es cierto: un producto tan simple en pocos sitios sabe tan bien.  Quizá la razón estribe en que los belgas otorgan una importancia básica al cuidado de sus productos y en las escuelas de hostelería estudian las mejores fórmulas para lograr un excelente resultado en la fritura de las humildes pero sabrosísimas patatas, sus universales frites. Aunque, para el que se harte de las omnipresentes patatas, siempre queda el recurso a las excelentes moules (mejillones al vapor) o los empalagosos gauffres

Cómo llegar:

Iberia, Brusells Airlines y otras compañías de bajo coste vuelan a la capital belga desde Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla, Málaga, Valladolid, Santander, Zaragoza, Ibiza, Palma, Alicante, Almería, Gran Canaria, Reus o Girona.

Itinerario:

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Desde la estación central, subimos por el Mont des Arts para acceder a la zona alta de Bruselas, desde la que se puede admirar la ciudad.  Se accede a la place Royale con la estatua de Godofredo de Bouillon, uno de los héroes históricos del pais. A los lados de la plaza se abren interesantes opciones. A mano derecha se suceden los dos museos de arte antiguo y moderno que forman los Museos Reales de Bellas Artes. A su lado se halla otro interesante museo, el dedicado al pintor surrealista René Magritte. En uno de sus laterales se alza un edificio modernista de hierro dedicado a Museo de Instrumentos Musicales (no olvidemos que el saxofón fue inventado por un belga llamado Sax).

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Si seguimos a mano izquierda, nos toparemos con el Palacio Real y, a su frente, el Parc de Bruxelles, un jardín histórico que une los dos poderes del Estado. A un lado está el Rey y, al otro, el Congreso y el Senado Belgas en el Palacio Nacional. Esta zona de amplias avenidas vino a aligerar el abigarrado entramado de calles medievales de la ciudad antigua, a unos metros más abajo.

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Dejando este parque se desciende a la catedral de la capital belga, dedicada a San Miguel y Santa Gudula. Un compendio de románico, gótico y renacentismo se suceden en el edificio que tardó trescientos años en finalizarse y que, en su interior ciertamente austero, demuestra la belleza de las vidrieras y la riqueza de los púlpitos de madera, típicos de este pais.

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La catedral es el nexo de unión entre la zona alta y la baja. Por éso, desde el templo se llega a las galerias de San Huberto, ejemplo de la arquitectura decimonónica y muestra de una de las más bellas arcadas comerciales del continente. Saliendo de ellas, uno ya se topa con el fragor de la Grande Place. Allí hay que admirar los edificios gremiales como la Maison des Boulangers (los panaderos), Le Pigeon (gremio de artistas), la Maison du Cornet (gremio de barqueros). Muchos de esos palacios son ahora museos, como el de la ciudad, el de la cerveza o el del chocolate. Precisamente en la plaza está la tienda central de los chocolates Godiva. Abundan aquí los cafés como el del Roi d’Espagne, que aún conservan el aire de taberna medieval.

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Cerca de la Grande Place está en una pequeña hornacina y en una esquina la estatua más famosa de Bruselas, el Manneken Pis. Pero a su alrededor hay calles que invitan a perderse. Cerca de la plaza y el edificio de la Bolsa, está el barrio de Saint Géry con restaurantes y bares de copas que animan la noche bruselense. Cuenta además con dos bellos templos, como el mismo Saint Géry y Sainte Cathérine

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Dirigiéndose hacia el norte, pero sin dejar el círculo central de la capital belga, se encuentra el Centro belga del comic, donde los amantes del tebeo pueden encontrar fotografías, revistas, libros, documentos y objetos relativos a sus autores y personajes preferidos. El edificio en el que se asienta es una antigua fábrica modernista. Quedan pocos ejemplos en Bruselas, pero aún se pueden admirar obras como el Hotel Solvay, del que es autor el arquitecto Victor Horta, el máximo exponente del art nouveau en Bélgica y que posee un Museo en la ciudad.

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Hay dos barrios fuera del circuito habitual que merecen la pena ser recorridos. El Sablon es el barrio de los anticuarios y los fines de semana se celebra un mercado de libros y antigüedades en la place du Grand Sablon. Es ésta una encantadora plaza, tranquila y coqueta, que cuenta además con la presencia de la iglesia de Notre Dame du Sablon, de estilo gótico bramantino. Detrás se extiende la plaza del Petit Sablon, un espacio ajardinado que corta la avenida que va a dar al Palacio de Justicia, una mole decimonónica de la época del rey Leopoldo II. Dicen que se construyó allí para impresionar a los obreros que viven justo debajo. Y es que ahí se ubica el barrio popular por antonomasia del centro bruselense, Les Marolles. Aquí hay bloques de vecinos, bares y restaurantes económicos y gente hablando el llamado dialecto bruselense. Para admirar el encanto merece la pena acudir por la mañana a la plaza del Jeu de Balle para presenciar y recorrer su mercadillo diario de trastos, enseres viejos y chamarilería.

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Desde la zona del Parc de Bruxelles, en la zona alta, parte la ciudad moderna que nos lleva al inmenso Parc du Cinquantenaire, con arcos de triunfo, jardines, lagos y dos Museos (el Militar y el de Arte e Historia). Se creó a principios del siglo XX para conmemorar los cincuenta primeros años del Reino de Bélgica. A medio camino entre los dos parques se ubica la zona de las instituciones europeas, con múltiples edificios para la enorme masa de burócratas y políticos que trabajan allí. El edificio Berlaymont en forma de cruz se inauguró en los años sesenta mientras que el del Parlamento Europeo lo hizo a finales de siglo.

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Para ver el Atomium hay que coger inevitablemente el metro de Bruselas y descender en la parada de Heysel, junto al estadio de fútbol (ahora se llama Rey Balduino) donde en 1985 murieron 40 hinchas en una avalancha de gente antes de la final de la copa de Europa entre la Juventus y el Liverpool. Es la zona de Laeken, con el Parque del Centenario y unos inmensos jardines reales donde se instalan las residencias de la familia real belga. El Atomium puede ser visitado todos los días y desde la esfera superior de esta gigantesca molécula de hierro se contempla una perfecta perspectiva de esta gran ciudad, corazón europeo no sólo por decisión política sino por herencia cultural e histórica.

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(Fotos: Carmen Urbina)

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