Ruta por Anatolia (2): Pamukkale

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Pamukkale quiere decir “castillo de algodón” y, ciertamente, desde el valle del rio Menderes sorprende al viajero una mole blanca sobre la planicie anatolia. La razón de esa montaña algodonosa hay que encontrarla en las aguas  que surgen del subsuelo. El bicarbonato de calcio que lanzan esas fuentes termales produce en su caída por la montaña terrazas de piedra caliza y travertino de color blanco que parecen, realmente, capas de algodón.

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El turismo que ahora acude a este fenómeno natural, Patrimonio de la Humanidad, ya existía hace más de dos mil años. Romanos y griegos les atribuyeron cualidades terapéuticas a las aguas de Pamukkale.  Aún ahora dicen que ayuda  en los casos de hipertensión,  cálculos renales, derrames cerebrales, reumatismo,  agotamiento nervioso y físico, enfermedades de la piel, problemas circulatorios, dolencias digestivas, trastornos nutricionales y trastornos crónicos….  

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Nada más y nada menos.  El balneario de Pamukkale  fue un importante centro de recreo y  a su vera se construyó una importante ciudad romana, Hierápolis, que subsistió hasta la edad media.

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En 1354 uno de los múltiples terremotos sufridos en este lugar destruyó nuevamente la ciudad, que fue abandonándose paulatinamente. Con el despoblamiento de esta zona, se descuidó el espacio natural, que, a finales del siglo XX, era pisoteado, ensuciado y destrozado casi sin compasión.

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Con el reclamo de las aguas termales, se construyeron hoteles en la cima de la montaña y no había restricciones para el baño (incluido el jabón y el champú) en las pozas que se forman en la caída escalonada del agua con bicarbonato cálcico.

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La Declaración de Patrimonio dela Humanidad obligó a remediar, en lo posible, los desperfectos. Así que ahora sólo se pueden pisar las charcas con los pies descalzos . Claro que éste es un placer reservado para los que suben a pie, no para los que llegan con los autobuses a la cima de la montaña. 

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Y es que Pamukkale es un sitio protegido por la UNESCO no sólo por la maravilla natural de su montaña blanca sino por los restos de una importante urbe de la Antigüedad. Hierápolis nació en el siglo II A.C. de la mano del rey Eumenes II de Pérgamo. Fue reconstruida en el siglo I de nuestra Era después de un fuerte terremoto durante el mandato del emperador romano Tiberio. Ya entonces, la ciudad era el destino de descanso de los nobles del Imperio.  Tras los romanos, pasaron por aquí los bizantinos y los selyúcidas, los primeros turcos.

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Los restos que hoy podemos contemplar no son muchos, pero entre todos ellos destaca la impresionante mole del anfiteatro, que tenía una capacidad para veinte mil espectadores. Aún queda en pie alguna de las puertas de entrada a la urbe, como la de Domiciano.

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Pasear entre las ruinas y bañarse luego en agua caliente entre columnas romanas en las piscinas de Cleopatra puede ser un insuperable placer  para acometer después la visita a los innumerables restos romanos que jalonan la costa del Egeo turco y que no quedan muy lejos. Y confirman que muchos de los nombres de la antigüedad que aprendimos en los libros se encuentran en esta parte del mundo (Troya, Efeso, Mileto, Pérgamo…).

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Cómo llegar:

Los turistas suelen visitar Pamukkale en su circuito por Anatolia, después de Capadocia o Ankara. Pero el viajero independiente puede llegar a Pamukkale por autobús desde Denizli, la capital provincial, situada a 20 kilómetros.  En Denizli hay aeropuerto con vuelo diario a Estambul y comunicaciones por autobús con Ankara o Esmirna, entre otras ciudades turcas.

Moneda:

En Turquía circula la Lira Turca. El cambio fluctúa pero suele estar alrededor de 1 € = 2’3 liras turcas.

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Itinerario:

Los autobuses dejan a los turistas en la cima de la montaña. Pero yo aconsejo acceder a Pamukkale desde abajo, a pie. Un pequeño parque rodea un lago donde va cayendo el agua que se desmorona ladera abajo. Con esa vista procedemos a subir la montaña hasta que, en un punto, la concentración de piedra bicarbonatada obliga a despojarse de los zapatos y seguir subiendo el trecho que falta con los pies descalzos. La vista en la subida está marcada por la planicie que, a nuestros pies, se sucede pero también en las cascadas blancas que nos acometen a nuestra derecha.

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Arriba de todo, hay que extasiarse ante el panorama de las terrazas a nuestros pies. Con sol fuerte (algo habitual en esta zona desde mayo a octubre), el blanco de la piedra casi hiere a nuestra vista. Pero el pequeño dolor físico se compensa con la belleza de lo que contemplamos.

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En la cima de la montaña, hay que detenerse de nuevo para admirar el paisaje. Hay un paseo que bordea las cascadas y desde el que uno tiene la sensación de paz que sólo el agua caliente puede dar y el bienestar que sólo la pureza blanca transmite. Naturalmente, el paisaje varía a lo largo del día y la paleta de colores se alterna desde el azul al violeta pasando por el rojo de un atardecer imborrable.

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Pero, antes del atardecer, hay que dedicar el tiempo a los otros atractivos de este enclave que figura en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO desde finales del siglo XX.  Son los que podemos ver entre los restos de la ciudad de Hierápolis .

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Sin duda alguna, los restos mejor conservador del recinto de Hierápolis son los del enorme teatro romano. El original fue destruido por un terremoto y el actual se construyó en época del emperador Tito, siguiendo el estilo griego de aprovechamiento de las montañas para ubicar allí el anfiteatro. Aún podemos ver el importante escenario y algunas estatuas que jalonaban este inmenso edificio.

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El complejo de Hierápolis comprende otros restos como los de las termas (evidentes en un lugar como éste) y las puertas de entrada. La calle principal medía un kilómetro y medio de largo y a sus lados se sucedían los edificios más importantes de la ciudad. La calzada central medía catorce metros y aún se conservan esas losas de dos milenios que han sido pisadas por millones de personas.

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Tras la llegada del cristianismo, el lugar también fue meca de peregrinaje, en este caso religioso (los balnearios y recreos termales eran sinónimo del pecado y perdición de la civilización romana). San Felipe, uno de los doce apóstoles de Cristo,  fue vecino de Hierápolis donde predicó la buena nueva y fue crucificado por los romanos. En su memoria se construyó un martiryon, construcción dedicada a acoger los restos de un mártir. Queda poco de lo que fue un edificio octogonal majestuoso.

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Pero, además, aún subsisten también varias necrópolis, con tumbas en formas de túmulo o sarcófago. También hay restos de casas de las distintas épocas que han pasado por aquí, desde los griegos y los romanos, pasando por cristianos e incluso hebreos, ya que dicen que tras la Diáspora recalaron en esta zona importantes comunidades judías.


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Lo que queda claro es que el lugar no sólo fue un destino de placer en sus balnearios, sino también el destino final ideal, donde reposar el cuerpo eternamente. No es de extrañar cuando uno se pasea por las praderas de esta meseta que se interrumpe abruptamente para dar paso a las cascadas  blancas y pétreas.

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Y una vez conocido el pasado, hay que disfrutar del presente. Y nada mejor que hacerlo en las piscinas de Cleopatra, una regalo para la reina egipcia según reza la tradición. Y tradición es lo que uno encuentra entre sus aguas calientes: columnas romanas, bases de pórticos, piedras milenarias… Esto formaba parte de uno de los muchos hoteles que abundaban antes de la declaración de la UNESCO y la necesaria protección de los restos y los travertinos.  Sólo quedó este recuerdo y la verdad es que nunca se pudo unir de forma tan espectacular la vivencia del pasado sin salir del presente….

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La zona reúne una importante oferta de hoteles (la mayoría con oferta balnearia, aprovechando las fuentes termales de la comarca). Las rutas organizadas suelen incluir la pernoctación en Pamukkale.  Sea en uno de estos hoteles o en las pensiones que también abundan por aquí, conviene darse un paseo por el pequeño pueblo de Pamukkale. De este modo, el viajero puede descender de las ruinas del pasado a las durezas del presente, paseando por las callejas de un lugar pobre, que no se beneficia excesivamente del tropel de turistas,  y disfrutando de la compañía de los siempre amables turcos saboreando un té en una taberna por donde parece que no ha pasado el tiempo…

AleAnna

Fotos de Carmen Urbina, Andrés Mourenza, Carlos Zevallos, AleAnna y UNESCO

 

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Una respuesta a “Ruta por Anatolia (2): Pamukkale

  1. Seguimos recorriendo la vieja Europa gracias a vosotros. Una vez más, enhorabuena y gracias por hacernos de guías.

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