Lisboa: itinerarios para 3,5 y 7 días

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El llamado “síndrome de Stendhal” hace referencia al agobio casi físico ante la aglomeración de arte en Florencia. Algunos también sufrimos el “síndrome de Pessoa” que sería la melancolía casi enfermiza en cuanto pisamos suelo portugués y, más en concreto, lisboeta. No se trata de morriña gallega o saudade portuguesa que, en el fondo, son añoranzas por algo que se quiere y no se alcanza porque está lejano.
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Cuando los enfermos de este mal pisamos las calles empedradas de la Baixa o subimos por los callejones de Alfama, sentimos un cariño especial por esa dejadez de siglos, reflejada en los azulejos descoloridos o las fachadas desconchadas. El cariño, lo sabemos, nace también del amor a una tierra con raíces de muchos siglos que ha sabido permamecer firme, a pesar de su humildad, frente a gigantes engreídos como sus vecinos del Este.
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Ya lo dice el refrán “de Espanha, nem bom vento, nem bom casamento” porque en su historia ha habido siempre intentos de anexión por parte de los reyes castellanos. El cariño se siente de inmediato por unos ciudadanos educados y amables como pocos en Europa, que deben soportar los gritos y la zafiedad de muchos turistas que siguen mirando a Portugal como un apéndice territorial del que ni siquiera se han preocupado en saber algo.
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Y cómo no sentir cariño por los pasteis de nata, ese pastelito de crema que en Belém tiene su santuario y al que todo viajero debe acudir para saciar la melancolía con los ojos cerrados, saboreando el dulce y quizá dejando escapar una furtiva lágrima de emoción.
CATEDRAL
Lisboa, dice la leyenda, la fundó Ulises en sus largos viajes (Olissipona fue el nombre con el que la conocían los griegos). Nada queda de un supuesto pasado griego, pero sí hay restos fenicios y romanos bajo la mole de la catedral lisboeta, la Sé, mezcla de múltiples estilos arquitectónicos. Lo que permanece también es la huella árabe en un barrio que lleva su nombre (mouraría), calles estrechas debajo del castillo de Sao Jorge donde confinaron a los musulmanes tras la conquista cristiana.
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De sus cánticos tristes, dicen, surgió el fado, el canto lisboeta universalmente conocido, la canción más tristemente cautivadora…que aún se puede escuchar en algunas tabernas y se puede conocer a fondo visitando la casa museo de Amalia Rodrigues, la gran voz fadista del siglo XX, o el museo oficial dedicado a esta música.
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Recuerdos de ese pasado árabe también se hallan en Alfama, otro cúmulo de callejuelas que suben y bajan desde los pies del castillo hasta el  Tejo (Tajo para los españoles). Un barrio enmarcado por otra mole, la de la iglesia de Sao Vicente de Fora y que se admira desde el mirador de Santa Luzía o un poco más arriba, el de las Portas do Sol… ¡Cómo no enamorarse de una ciudad que tiene un lugar con ese nombre y con esas vistas!
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Y lo que sí hallamos es un pasado glorioso en esta ciudad blanca abierta a un río que es ya mar y desde el que conquistó tierras africanas, americanas y asiáticas. Hazañas memorables que permanecen en la Historia y que comenzaron, como todas, con un pequeño paso, que se dio en la torre de Belém, punto de partida de las naves. Un gran Imperio que nació de un reino pequeño, pero que supo crear un arte a la mayor gloria de las proezas de sus navegantes.
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Se llamó arte manuelino, porque el rey Don Manuel I fue su impulsor al regreso de las expediciones de sus navegantes. Fue el estertor del gótico, antes de que el Nuevo Mundo cambiara no sólo el arte sino la sociedad europea. Frente al abigarrado manuelino del monasterio de los Jerónimos, un derroche de filigranas y líneas curvas, se yergue en la ciudad lisboeta el tiralíneas neoclásico.
PRAÇA ROSSIO
Fue la necesidad de restaurar la ciudad tras el terremoto del día de Todos los Santos de 1755  y el empeño del Marqués de Pombal, uno de esos ilustrados europeos de la época, que dibujó y llevó a la realidad una cuadrícula que aún hoy se conserva en la Baixa, en calles rectilíneas y paralelas que desembocan en la plaza del Rossío.
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Queda la ciudad verde del parque florestal de Monsanto y la ciudad moderna de la Expo de Lisboa de 1998, que ofrece al visitante oceanarios, centros comerciales, estaciones de metro y la contemplación del puente más largo de Europa, el Vasco da Gama, con más de diecisiete kilómetros. Son muchas ciudades en una, conectadas por tranvías que suben y bajan las colinas como hace cien años o por ingeniosos funiculares o ascensores (los elevadores) que aún siguen cautivando como lo hicieron a comienzos del siglo XX.
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Nadie queda indiferente ante el encanto de Lisboa que combate los males patrios (la tristeza, la queja, la añoranza, la desidia…) con el fado y con la buena mesa, a base de bacalhau (hay más de 365 recetas de bacalao), arroces, cataplanas de pescado, caldeiradas, sardinas, espetadas (brochetas), frango (pollo), buenos vinos y para rematar, un maravilloso Oporto o el licor local, la ginjinha (licor de cereza).

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Pero Lisboa es también el epicentro de una amplia oferta de ciudades para admirar. En las escapadas a Lisboa siempre hay tiempo para una visita, aunque sea fugaz, a la costa lisboeta más cercana. En línea recta por la orilla del Tejo se llega a Estoril, un lugar anodino que debe su fama a un casino de fama internacional donde recalaban los aristócratas destronados del continente, y sobre todo a Cascais.

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Cascais es una espléndida ciudad playera que tiene buenos alicientes para pasearla y admirarla. Un gran y largo paseo comunica esta localidad con Estoril y, por el otro lado, lleva hasta monumentos naturales como la Boca do Inferno, un enorme agujero en los acantilados, por el que salta el agua cuando sube la marea.

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Si hay tiempo, siempre se puede hacer una escapada a los diversos palacios que aún restan de la extinta y depuesta monarquía lusitana. Los palacios de Mafra y, sobre todo, de Queluz son ejemplos de pequeños Versalles que los reyes del XVIII Y XIX construyeron para mayor gloria de sus dinastías, imitando los excesos de los monarcas franceses. Al final, acabaron casi como ellos, no muertos pero en el exilio.

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Pero si hay una visita ineludible junto a Lisboa es Sintra. Esta ciudad es patrimonio de la Humanidad y con razón. Jardines, fincas y palacios se ofrecen al visitante para disfrute de los sentidos. El Palacio Nacional es otro de los recintos que utilizaban los reyes portugueses y que comenzó a construirse en el siglo XV. Y Fernando II, consorte alemán de la reina doña María II,  es el responsable de otra joya de la ciudad.

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El Palacio da Pena está en los anales de la Historia como el capricho o la genialidad de un loco enamorado, ya que dejó el palacio a su segunda esposa, una cantante de ópera y madre soltera, Elise Hensler. Estamos en pleno siglo XIX, en la eclosión del romanticismo y he aquí que surge en un montículo, sobre los restos de un monasterio, un edificio que mezcla estilos de los más diversos. Un pastiche exterior que, dentro, vuelve a marear con decoraciones abigarradas y barrocas estancias una tras otra.

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Y a la vuelta a Lisboa, seguramente, el viajero la contemplará desde uno de sus miradores y sentirá una nostalgia de lo que recordará en el futuro de esta ciudad. En ese momento, ya está perdido….¡un nuevo enfermo de este síndrome de Pessoa que llevamos muchos a cuestas cuando volvemos a Lisboa y soltamos una lágrima de emoción al volver a pisar una ciudad que nos enganchó la primera vez para siempre!

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Cómo llegar:

Desde  A Coruña, Asturias, Barcelona, Bilbao, Las Palmas, Madrid, Málaga y Sevilla legan vuelos al aeropuerto de Lisboa. El tren que comunica Lisboa con París atraviesa media España (Pais Vasco, Burgos, Valladolid, Salamanca) y desde Madrid hay otro tren con destino a Lisboa que pasa por Ávila y Salamanca.

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Qué ver:

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ITINERARIO POR LISBOA PARA 3 DIAS

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ITINERARIOS POR LISBOA PARA 5 DIAS

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ITINERARIOS POR LISBOA PARA 7 DIAS

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Fotos de Carmen Urbina, Elena Sanmiguel, Luis Javier Hernáez Movilla, Luis Martín Muñoz y José Antonio Mourenza

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2 Respuestas a “Lisboa: itinerarios para 3,5 y 7 días

  1. Lisboa antiga e señorial…. Placentero viaje aunque solo sea un apunte de lo mucho que Lisboa ofrece. El relato “engancha”. Feliçitaçoes.
    Parabéns. Y mucho “frango” para acompañar el recorrido.

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