Zamora: el románico, Viriato y el Duero

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Dice el refrán que Zamora no se ganó en una hora. Se refiere a la lucha fratricida entre los reyes Sancho II de Castilla y su hermana Doña Urraca, que había recibido en herencia el señorío de Zamora, en pleno siglo XI. Sancho se enfrentó a su hermana y, dice la leyenda, el traidor Bellido Dolfos, amante de Urraca, mató al rey durante el largo sitio a la ciudad castellana, que duró nada menos que siete meses.

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Si no se ganó en una hora, tampoco se puede ver en tan poco tiempo. Y es que Zamora tiene mucho que ver. Posee un impresionante patrimonio artístico, inigualable en la península Ibérica, con un centro declarado ya en 1973 Conjunto Histórico Artístico. Ofrece una colección del mejor románico español  (quince templos son considerados Bien de Interés Cultural), conservado en las mejores circunstancias, porque su contemplación es una delicia, con guías, rótulos, carteles y todo tipo de explicaciones, que se echa en falta en muchísimas ciudades españolas que alardean igualmente de un exquisito patrimonio histórico artístico.

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Además, es una de las pocas ciudades de la España interior que tiene una colección de una veintena de edificios modernistas, algunos obras de arquitectos catalanes como el Teatro Ramos Carrión de Francisco Ferriol (discípulo de Domenec i Montaner) o el Casino de Mathet y Coloma. Sin contar los palacios renacentistas que jalonan la ruta por la ciudad, como el Palacio del Cordón, la Casa del Cid, el Parador de Turismo o el Palacio de los Momos.

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Zamora es una ciudad pequeña y, por lo tanto, paseable y disfrutable como pocas. Su núcleo histórico se encarama en un otero sobre el río Duero, en su confluencia con el arroyo de Valderrey, y se asemeja a la quilla de un barco surcando las procelosas aguas del ancestral río castellano. El Duero conforma, además, un paso verde de más de cinco kilómetros que supone un verdadero respiro y pulmón para los zamoranos.

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La punta de esa quilla se corona con una de las catedrales más originales del pais, con una  original cúpula orientalizante de clara influencia bizantina, que sorprende al visitante. El río, como decimos, es la piedra angular de la ciudad. A su vera creció Zamora y a su vera se protegió de los múltiples atacantes. Hablábamos antes de doña Urraca y el rey Sancho, pero antes hay mucha historia.

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Por ejemplo, la época romana. Entonces, Zamora era parte de la provincia de Lusitania, una división de la anterior provincia de Hispania Ulterior. Y en su territorio nació, creció y pasó a la historia un bravo pastor de la tribu de los lusitanos, Viriato, que se enfrentó a los ocupantes romanos con valentía y tesón. Murió, como suelen morir los héroes, por la traición de uno de los suyos y su leyenda creció desde entonces. Claro que las vicisitudes posteriores de la Historia han hecho que Portugal, una de las herederas de la provincia romana de Lusitania, haga suyo a un hijo tan ilustre.

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En ésas estamos: que si nació en Viseu, en la actual Portugal; que si nació en  Torrefrades, en la actual provincia de Zamora. Lo único cierto es que, por encima de todo, fue el caudillo electo de los lusitanos, por su valor en el campo de batalla. Y que la bandera de Zamora, la Seña Bermeja, se compone de ocho bandas rojas  (ocho victorias del caudillo sobre los romanos) y una verde. Curiosamente, los mismos colores que la bandera portuguesa.

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La actual Portugal está a escasos cincuenta kilómetros de Zamora y los zamoranos van a comprar a Miranda do Douro antes que a Valladolid. Y es que las fronteras son sólo decisiones políticas que no afectan a las relaciones de siglos. Como ejemplo, Zamora fue escenario de un hito fundamental en la relación de los dos países.

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El tratado de Zamora de 1143 marcó el nacimiento del reino independiente de Portugal y fue rubricado por Alfonso Enriques, coronado como Alfonso I de Portugal, y por Alfonso VII de Castilla y de León, derrotado por el primero en Ourique cuatro años antes.

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El apoyo del arzobispo de Braga al nuevo reino fue pieza fundamental en el nacimiento del nuevo pais (el Estado europeo más antiguo con las mismas fronteras), que luego fue sancionado por el Papa Alejandro III. Por cierto, el papel de los Papas siempre estuvo ligado a la relación entre las católicas naciones ibéricas, como se demostró unos siglos más tarde a la hora de que Castilla y Portugal se repartieran las recién conquistadas nuevas tierras americanas.

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Cómo llegar:

En Tordesillas confluyen las autovías A-6 Madrid-A Coruña y la A-62 Burgos-Portugal. Desde allí se toma la A-11 que nos deja en Zamora. Por tren se llega a la capital zamorana desde Madrid, Valladolid o Galicia. El aeropuerto más cercano es el de Valladolid, con vuelos regulares a Barcelona y veraniegos a Gran Canaria, Lanzarote, Tenerife y Palma; y el de Salamanca, también con vuelos regulares a Barcelona y veraniegos a los mismos destinos de Valladolid, además de Menorca y Málaga.

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Itinerario:

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Empezamos el recorrido por La Farola, centro neurálgico de Zamora. Es una escultura de 1979 y a sus pies quedan todos en la ciudad. Es, pues, el punto de encuentro de los zamoranos y se encuentra frente a la entrada de la calle Santa Clara, una de las dos peatonales que atraviesa de este a oeste el casco antiguo. Y a los pocos metros de recorrer esta calle comercial ya nos topamos con la primera joya románica, Santiago el Burgo.  Es la única de las iglesias románicas, junto a la catedral, que conserva su original planta rectangular de tres naves. La puerta sur es la más bella, con un rosetón con doble celosía y dos arcos gemelos en la portada que descansan sobre una original ménsula colgante. Siguiendo por la calle llegamos a la plaza de la Constitución y detrás se esconde el Mercado de Abastos, un singular edificio de hierro y ladrillo de comienzos del siglo XX.  

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Seguimos por Santa Clara, atravesamos la plaza Sagasta, entramos en la calle de Renova y acabamos en la Plaza Mayor. Antes de admirar la plaza, conviene girar a la izquierda por una empinada calle que baja al río. Es la calle Balborraz, que en árabe significa Puerta del Cabezudo, y que recuerda a los barrios bajos medievales donde se apiñaban judíos y musulmanes. Volviendo a la plaza Mayor, nos topamos con el Ayuntamiento Viejo, del siglo XVI, que funcionó como tal hasta mediados del siglo XX. Desde aquí hasta el otro lado de la plaza discurría la quinta muralla de la ciudad, construida por los árabes. Y al otro lado se levanta precisamente el Ayuntamiento Nuevo, de 1950, conocido como Casa de Panaderas, el anterior edificio ubicado en este lugar.

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En la plaza podemos comer y descansar en sus terrazas. Pero en medio hay una iglesia que centra toda la atención, es San Juan de Puerta Nueva. Se erigió en el siglo XII y su nombre se debe a una puerta que se abrió en la muralla de la ciudad. Por fuera destaca la puerta sur con su portada con elementos florales y, sobre todo, el rosetón más hermoso del románico zamorano. Por dentro, es resaltable la armadura mudéjar sobre base gótica y un retablo del siglo XVI. Al salir hay que fijarse en la torre, que está rematada por la figura de Pero Mato, un guerrero de hierro que sirve de veleta. Al lado de la iglesia, sobresale la escultura del Merlú, el personaje que convoca a los cofrades para la procesión de Semana Santa.

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Desde la plaza, nos dirigimos ahora hacia el norte, por la calle de la Reina e iremos a a dar a una de las puertas de la primera muralla,la de Zambranos o de Doña Urraca, llamada así porque al lado estaba la residencia de la reina. Seguimos la muralla hacia el oeste subiendo una pequeña rampa. Iremos por el paseo de ronda de la muralla contemplando los barrios del norte, fuera de los muros de la ciudad antigua .

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Torcemos a la izquierda por la calle Motín de la Trucha. Un nombre curioso que se refiere a la batalla entre comerciantes y nobles por los excesos de estos últimos y que comenzó por unas truchas en el siglo XII. Los comerciantes prendieron fuego a la iglesia donde se encerraron los nobles. Pues bien, esa iglesia románica preciosa fue parcialmente destruida y hubo de ser restaurada y así es como la contemplamos ahora. Es Santa María la Nueva, que se levanta en una pequeña plaza junto al Museo de la Semana Santa, donde está gran parte de la imaginería que sale en las procesiones de esta celebración declarada de interés turístico internacional.

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La iglesia tiene un ábside semicircular de siete arcos y dentro sobresale una pila bautismal del siglo XII y una talla barroca de Jesús yacente que sale en procesión en Semana Santa. Quedan restos de las vigas originales quemadas en el famoso Motín. A la salida hay otra estatua de un personaje de la Semana Santa, el Barandales,  que precedía también a las procesiones. Enfrente nos encontramos con la antigua Casa de Misericordia, del siglo XVIII, donde se aloja ahora el Museo Etnográfico de Castilla y León. Uno de sus laterales es, precisamente, la calle Barandales, por la que llegamos a la plaza de Viriato.

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En la plaza de Viriato se levanta, claro está, la estatua del caudillo lusitano, obra del artista zamorano Eduardo Barrón, erigida sobre granito del cercano pueblo de Sayago. A la plaza hemos llegado por el lateral del antiguo Hospital de la Encarnación, sobrio edificio del siglo XVII, hoy sede de parte de la Diputación Provincial, porque el resto de dependencias se ubica en un edificio contemporáneo adyacente.  En la fachada se observa un relieve barroco de la Anunciación.

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Enfrente está el Palacio de los Condes de Alba y Aliste, donde se ubica el Parador Nacional de la localidad. Es un hermoso palacio renacentista del siglo XV. Sobresale en su interior un amplio patio rectangular de dos cuerpos, con galería de arcos sobre columnas de tipo corintio, con bustos de héroes y escudos de las familias nobles de la ciudad. Yendo hacia el río podemos admirar no sólo las vistas del Duero sino una iglesia interesante, San Ciprián. Es un templo románico de los siglos XI y XII con triple cabecera y que sufrió muchas modificaciones. Ahora se usa como sala de conciertos. 

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Volvemos a la plaza Viriato y seguimos por la Rúa de los Francos en dirección oeste. Allí nos encontraremos con la Magdalena, una de las mejores iglesias románicas de la ciudad, ante cuyas puertas dicen que se administraba justicia. Es un ejemplo del románico tardío, de los siglos XII-XIII, con una preciosa portada meridional, con arcos decorados con motivos vegetales, cabezas sonrientes y hasta un obispo. Un rosetón de lóbulos remata esa portada, pero en el interior hay más sorpresas. Por ejemplo, un sepulcro románico, en forma de tabernáculo, de una mujer cuya figura yacente aparece adosada al muro. Enfrente de la iglesia, está el Convento del Tránsito neogótico que custodia la imagen de la Virgen del Tránsito, patrona de la ciudad.

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Por la calle Pizarro podemos llegar a otro mirador sobre el Duero y al Museo de las Ciudades Medievales. Seguimos adelante por la cuesta de Pizarro hasta dar con un enorme templo, el de San Pedro y San Ildefonso, originalmente románico pero remodelado a finales del siglo XV confiriéndole este aire de templo catedralicio que tiene. Dentro reposan los restos de San Atilano y San Ildefonso, patronos de la ciudad. Es de admirar el magnífico tríptico flamenco que se conserva en la sacristía, de principios del  siglo XVI, regalo de Carlos I en una visita que realizó a la ciudad en 1522

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Tomamos la Rúa de los Notarios y torcemos por la calle de las Infantas. Al finalizar nos encontramos con la plaza de Arias Montano y, al otro lado, baja hacia el río la calle Corral de Campanas. La seguimos para dar con el mirador de Troncoso. Siguiendo adelante por la misma calle acabamos en un lateral de la catedral. Antes, en la esquina por la que llegamos, veremos la llamada Casa del Cid, edificio del siglo XI, que conserva dos ventanas de arco de herradura y una puerta de arco de medio punto, donde, según la tradición, residía el alcaide de Zamora Arias Gonzalo, consejero del Cid Campeador y de las las infantas Urraca y Elvira. Adosada al edificio está la Puerta de Olivares o del Obispo, de la primera fortificación del siglo XI. Y es que al lado está el Palacio Episcopal, del XVIII.

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Al lado, se levanta la Catedral de la Transfiguración, del siglo XII. Por encima del templo destaca el cimborrio de influencia bizantina decorado con una cúpula con escamas de piedra. Como es habitual, el templo fue remodelado y sólo se conserva la original portada sur. Además de la cúpula, destaca la torre de San Salvador de planta cuadrada, con unas excelentes vistas sobre la ciudad. En el interior, sobresalen el retablo neoclásico de Ventura Rodríguez o la rejería del siglo XV. En el piso superior está el Museo Catedralicio, donde existe una estupenda colección de tapices flamencos de los siglos XV y XVI.

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Junto a la catedral, en la plaza que se abre delante, se sitúa el Museo Baltasar Lobo, escultor zamorano del siglo XX, ubicado en la Casa de los Gigantes. Y entrando en los jardines, nos encontramos con el Castillo, o lo que queda de la fortaleza del siglo XI que dominaba esta localidad en la Edad Media como la puerta del Homenaje o los fosos. Desde los jardines se admira tanto la vega del Duero como los barrios de Trascastillo.

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Podemos seguir hacia el norte, visitando la iglesia de San Isidro, del siglo XII, con una capilla mayor de forma cuadrada. Atravesamos la muralla por el Portillo de la Lealtad , por donde dicen que entró Bellido Dolfos después de matar al rey Sancho dando fin al asedio de la ciudad. Fuera de las murallas paseamos por los jardines y admiramos los muros tan bien conservados.  Bordeando la muralla hacia el Oeste, tomamos la calle Trascastillo y a la derecha se abre la calle Santiago el Viejo.

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Y es que esa calle nos lleva a un antiguo templo, con el mismo nombre. En realidad, se llama el templo Santiago de los Caballeros. Dice la leyenda que aquí se armó caballero al Cid, que hizo jurar al rey Alfonso que no había tenido nada que ver en la muerte de su hermano Sancho. La iglesia del siglo XII es de una sencilla hermosura, de una sola nave y un ábside semicircular, con un interior desnudo donde destacan los capiteles con representaciones del Infierno y el Paraíso. 

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Seguimos por la calle Trascastillo y torcemos a la derecha por la calle de Rodrigo Arias. Acabaremos en el templo de San Claudio de Olivares, del siglo XII, con una portada con arcos profusamente decorados sobre oficios, meses del año o animales. Pero en el interior, hay la colección de capiteles historiados más interesante de todos los templos zamoranos. 

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A su lado se levantan tres pequeños edificios sobre el río, las Aceñas de Olivares. Se trata de los molinos que ya desde el siglo XI se usaban en el río para aprovechar el agua en la molienda del grano o el tratamiento de lanas y pieles.  Esas pequeñas instalaciones se asentaron en la Edad Media en todos los ríos y saltos de agua. Tras varios años de rehabilitación, ahora las Aceñas son un Centro de Interpretación donde se muestra el interior de un molino y su funcionamiento. 

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Seguimos por el paseo de la ribera del Duero en dirección este hasta llegar al Puente de Piedra. Este paseo fluvial es una de las zonas de esparcimiento de los ciudadanos de Zamora, en un lugar que servía de baluarte de la población ante los ataques de los muchos invasores, porque era un otero protegido encima del río. Paseando, llegamos al Puente de Piedra o Puente Nuevo, del siglo XII, con dieciséis arcos, que contaba con torres en ambos lados para el cobro de los portazgos o impuestos de entrada a Zamora.

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Cruzamos a la otra orilla, donde está el convento de San Francisco,del siglo XIV. En realidad, son sus restos, que ahora albergan la Fundación Hispano-Lusa del Rei Alfonso Enriques. En el plano arquitectónico se han unido los restos de arquitectura gótica con los materiales contemporáneos como el acero y el cristal. En esta misma orilla se ubica una pequeña zona de arena, los Pelambres, que los zamoranos llaman, con buen humor, la playa de Benidorm. Tanto aquí como en la otra orilla se levantan buenos merenderos donde comer y admirar el paisaje del rio Duero. Volvemos al puente de Piedra y, antes de cruzarlo, podemos ver al este otros molinos restaurados, las Aceñas de Cabañales.

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Volvemos de nuevo al otro lado, para ir a la plaza de Santa Lucía, donde, dicen, se asentaba la judería. En la plaza destacan dos edificios. El Palacio del Cordón, del siglo XVI, debe su nombre a la decoración de cordón de su fachada y alberga ahora mismo el Museo Provincial. A su lado está la iglesia de Santa Lucía, de origen románico, pero muy transformada en especial en el siglo XVII. Es un pequeño templo de una sola nave que sirve de anexo al vecino Museo Provincial. 

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Siguiendo por la calle de la Zapatería nos topamos con un hotel ubicado en los restos de lo que fue la iglesia de San Leonardo. A su lado, hay otro templo, Santa María de la Huerta o de la Horta, junto a la chimena de una antigua bodega. El templo mezcla el románico y el gótico y tiene su importancia histórica por ser la casa madre de la Orden de los Caballeros Hospitalarios. Siguiendo hacia el este llegamos a la plaza Santo Tomás donde se levanta la iglesia de Santo Tomé, del siglo XII ,con unos interesantes capiteles en su interior. Hoy está ocupado por las instalaciones del Museo Diocesano.  

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Volvemos a pasear a la orilla del río. Nos topamos con los restos del tercer recinto amurallado, por donde entraron los franceses en 1808 para ocupar la ciudad. Al lado, comienza el Puente de Hierro, construido en 1900, ante la necesidad de ampliar la ciudad. Tiene doscientos metros de longitud y se construyó durante ocho años siguiendo el ejemplo de las obras de Gustave Eiffel. Torcemos por la izquierda por la Avenida de Portugal.

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Y llegaremos así a la Plaza de la Marina Española, el centro de la ciudad moderna, del ensanche del siglo XX. Y aquí volvemos a encontrarnos con la escultura de La Farola, por donde hemos comenzado la ruta por Zamora. Aquí confluyen las calles que atraviesan el casco antiguo y, si hemos comenzado por la calle Santa Clara, ahora nos vamos más hacia el norte, a otra calle peatonal paralela, la de San Torcuato.

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Entramos en esa calle y pronto nos encontraremos en la acera derecha con la iglesia de San Torcuato, barroca del siglo XVII y un retablo neoclásico del XVIII. Luego, torciendo por la calle Sotelo damos con la plaza de San Esteban y la iglesia del mismo nombre, románica del siglo XII, aunque muy reformada, y que albergó desde el siglo XVI a la Cofradía del Santo Entierro. Volviendo a la calle San Torcuato, más adelante veremos el Palacio de los Momos. Fue el Palacio de los Sanabria, un ejemplo de gótico civil del siglo XVI y Monumento Nacional desde 1922. La fachada está muy decorada y los dos salvajes que aparecen dieron lugar al nombre popular del edificio que fue mesón y casa de arrieros y hoy es el Palacio de Justicia. Enfrente está la plaza Zorrilla y en la otra acera el edificio modernista del Casino o Círculo de Zamora.

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Siguiendo por la calle, se convierte en la Plaza Sagasta y, a la derecha, tomamos la calle Quebrantahuesos y nos topamos con la plaza del Fresco y en uno de sus lados, la iglesia de San Vicente Mártir, que conserva la torre románica del siglo XII. En el interior se custodian la Virgen de la Concha, patrona de la ciudad, y la bella talla del Cristo de la Buena Muerte del siglo XVI, que sale en procesión el Lunes Santo.A unos metros, la calle se tuerce y en su esquina está un pequeño tesoro: el teatro Principal. Se construyó en el siglo XVII como Corral de Comedias y, desde entonces, ha sido remodelado en muchas ocasiones aunque nunca derruido. Los zamoranos conocen el local como la bombonera, por sus reducidas dimensiones.Volviendo por la plaza del Fresco iremos a dar a la Plaza Mayor.

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Fotografías de Carmen Urbina, José Antonio Mourenza, Insfoto, La Opinión de Zamora, Turespaña, Mariano García, Ricardo Melgar, RFRumbao, 4LF, 4ullas, Juan Carlos CH.

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3 Respuestas a “Zamora: el románico, Viriato y el Duero

  1. Estoy sorprendido de encontrar este blog. Quería daros las gracias por redactar esta maravilla. Sin duda he disfrutando cada pedacito de ella. Os te tengo agregados para ver más cosas nuevas de este blog .

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