Ruta por el Algarve (2) : de Faro a Portimâo y Silves

 

falesia albufeira

La parte central del Algarve acoge las playas más fotogénicas y más espectaculares de la región. Aquí están formaciones rocosas en acantilados como Algar Seco o calas diseminadas entre esas rocas que despuntan a lo largo de la línea de costa. Son alicientes que invitan a perderse entre sus arenas y sus aguas turquesas.

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También en esta zona del Algarve se suceden, no hay más remedio, los grandes complejos turísticos, los campos de golf que atraen a ese turismo rico anglosajón, o los pueblos de pescadores que en dos décadas se han convertido en ciudades turísticas por antonomasia. Los españoles ya conocemos esa transformación, pero en el Algarve no han llegado al nivel de destrucción del paisaje del vecino pais, por suerte.

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Pero también por esta ruta podemos encontrar, fuera de las playas, verdaderos atractivos turísticos en el patrimonio historico artístico lusitano. Faro, la capital de la región, ofrece su catedral (la ), varios interesantes museos y una original capilla de huesos. Esta Capela dos Ossos se repite en alguna otra población portuguesa (como Évora) y es una muestra del más tenebroso sentido religioso de la muerte, una cosa muy católica que no se produce en ninguna otra religión cristiana.

estoi

No muy lejos de la capital, queda una muestra de un pasado glorioso. Algo habitual en un pueblo tan dado a la melancolía como el portugués. En este caso, se trata de un complejo rococó, erigido por uno de los ricos de la época, el conde de Carvalhal y vizconde de Estói. Y es que así se llama la localidad donde se asienta este palacio del siglo XVIII con sus jardines. Tras años de abandono, ahora es un hotel con encanto de la red de Pousadas de Portugal (similar a los Paradores españoles).

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Un viaje más para atrás en el tiempo nos traslada a la villa romana de Milreu, que aún tiene a disposición de los visitantes hermosos mosaicos de temas marinos. No en balde, el propietario de la villa era un rico comerciante en pescados o dueño de una fábrica de salazón. Por éso, las piscinas de la villa se adornan con peces o delfines…

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Por el Algarve pasaron muchas civilizaciones, como en el resto de la peninsula Ibérica. Y los árabes fueron una presencia constante durante siglos. De su herencia en estas tierras queda en pie el fastuoso castillo de Silves. La musulmana Xelb fue la capital del Algarve en pleno siglo XII y la importancia del enclave en su época queda patente, al comprobar que las enormes medidas de la fortaleza son más grandes que el propio pueblo que protege. En aquella época poetas, escritores, artesanos y comerciantes poblaban una ciudad diez veces más impresionante que Lisboa.

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Pero además hay un importante patrimonio natural, que en esta zona de la ruta podemos comenzar a disfrutar. Y es que aquí conviene perderse en la sierra, lejos de la costa, y admirar el Barrocal, una zona pedregosa que deja asomar su color rojo, que delata el hierro del suelo de la zona. A pesar de esa imagen de sequedad, la tierra es muy fértil y podremos comprobar los huertos y campos llenos de frutales como naranjos o limoneros, vides, higueras, almendros o algarrobos.

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Un remanso de tranquilidad no muy lejos del bullicio turístico de la costa. Y en consonancia, sus pueblos son tranquilos y apacibles, como Salir,  Alte, Querença o Paderne. Y en ese paisaje sobresale el paredón calcáreo de casi quinientos metros, la Rocha da Pena, un mirador priveligiado sobre esta parte de la comarca.

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Cómo llegar:

El aeropuerto de Faro recibe vuelos directos de Barcelona, Madrid y Palma de Mallorca. Por carretera, la mejor manera de llegar es acceder a Sevilla y, desde allí, tomar la autovía A-49 que cruza el Guadiana y se convierte en Portugal en la A-22, la vía que discurre por todo el Algarve, igual que la N-125, ésta pegada a la costa.

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Itinerario:

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Comenzamos el recorrido por Faro, la capital de la región. Y lo mejor es hacerlo en el puerto. Allí tenemos juntos un edificio del siglo XVIII, la antigua Aduana (la Alfándega) con sus balcones de forja y el Museu Maritimo, ubicado en la capitanía naval. Dentro hay maquetas de barcos desde el siglo XV y una colección de conchas.  Bordeando el puerto llegamos al otro lado, donde está la ciudad amurallada, con unos muros del siglo XIII que resistieron el terremoto de Lisboa. La entrada a este recinto se hace a través del Arco da Vila, un arco barroco con una imagen del patrón de la ciudad, Santo Tomás de Aquino.

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Dentro del recinto amurallado, nos encontramos con palacios neoclásicos, entre los que destaca el Paço Episcopal, con sus habituales azulejos, o imponentes edificios como la Sé (la catedral). El terremoto dañó el edificio del siglo XIII (erigido a su vez sobre la antigua mezquita, que a su vez se construyó sobre una iglesia visigótica y, a su vez, sobre una basílica romana). De esa antigua catedral sólo queda en pie la torre truncada y un retablo gótico en su interior. Desde el tejado se puede admirar el recinto de la ciudad vieja, el puerto, y la extensión de la ciudad.

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Al salir de la catedral, hay que pasear por las callejuelas del barrio, llamado Vila Adentro, donde destaca el convento de Nossa Senhora da Assunçao, del siglo XVI. Es uno de los edificios más importantes de la ciudad y su claustro renacentista se salvó del terremoto. Y en el interior del convento se instala el importante Museo Municipal de Faro, antes Museo Arqueológico. Contiene una amplia muestra de restos desde el paleolítico a la época medieval, junto a innumerables objetos de todas las épocas.

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El barrio está lleno de comercios y bares y tiene otras dos entradas, el Arco da Porta Nova y el Arco do Repouso, donde dicen que reposó el rey Alfonso III al conquistar la ciudad a los musulmanes en 1249. Por este Arco se sale a la enorme plaza del Largo de Sâo Francisco y desde allí se llega a la Rúa de Santo Antonio y la zona de La Baixa, el barrio comercial de Faro. Ahí se encuentra el Museo Etnográfico Regional, que recrea la vida de la región en el pasado con fotografías, objetos y reconstrucciones del interior de muchas casas del Algarve.

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En el resto de la ciudad, se pueden encontrar otros edificios de interés como el Teatro Lethes, que fue colegio de los Jesuitas hasta la expulsión de la orden en el siglo XVIII. Cerca, en la plaza del mismo nombre, se erige una majestuosa iglesia barroca, la de Nossa Senhora do Carmo, con sus dos torres gemelas y financiada con el oro que llegaba de Brasil y que decoró su interior. Pero lo que destaca de la iglesia es la Capela dos Ossos, inaugurada en 1816 por los carmelitas que la decoraron con los huesos de sus predecesores formando arcos, capiteles y pilastras. Es ejemplo de la tradición de la Europa católica del sur de recordar a los creyentes la fugacidad de la vida.

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Saliendo de Faro por la N2 hacia el norte, a ocho kilómetros, nos desviamos por la N2-6 en dirección Milreu y Estoi. Nos toparemos primero con los restos de la villa romana de Milreu. A finales del siglo XIX comienzan las excavaciones en esta zona, que descubren un lugar ocupado continuadamente desde el siglo I al XI de nuestra Era. Se supone que los habitantes de la villa eran de clase alta y la villa se dedicaba a explotación agrícola y residencia de descanso. Entre todos los restos destacan, sin duda, los mosaicos con temas marinos de las piscinas. Una teoría indica que podían tratarse de un ninfeo, un santuario de las deidades paganas, que a partir del siglo VI con la cristianización pasó a convertirse en una iglesia. En el periodo islámico fue reconvertido de nuevo y luego, durante ocho siglos, fue una casa rural que se erigió sobre las bellezas de esta villa romana que ahora disfrutamos.

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A pocos kilómetros por la misma carretera llegamos al pueblo de Estoi, donde se ubica el Palacio del mismo nombre, que destaca por sus colores rosa y amarillo. Es una de las joyas de la arquitectura civil del XVIII y ahora es un hotel de lujo. En su interior se conservan los salones Verde, Noble y Estoi, con frescos, estucos y mobiliario original de la época, además de los salones de té masculino y femenino. En el exterior, el jardín francés con fuente y un paseo de columnas del siglo XVIII.  Todo ésto, naturalmente, con las comodidades de un hotel del siglo XXI. Sin duda, un lujo absoluto alojarse aquí….

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Volviendo a la N2 la tomaremos hacia el Norte y llegaremos a Sâo Brás de Alportel, un tranquilo pueblo que ofrece un curioso Museu Etnográfico do Traje Algarvio con exposición de ropa, mobiliario, objetos domésticos y aperos de labranza. Seguiremos por la misma carretera hasta desviarnos a la izquierda por la N124. A pocos kilómetros, torceremos de nuevo a la izquierda por la M510 hasta llegar a Querença. Estamos en plena zona del Barrocal, ese amplio valle entre el litoral y la sierra, donde hace menos calor que en las playas y el aire se perfume con el aroma de las algarrobas o los naranjos en flor.

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Pero al lado de Querença hay un bello espacio protegido, la Fonte Benémola. Son cuatrocientas hectáreas de cursos de agua, que se usaron para el regadío y que aún conservan norias y aceñas o molinos harineros. El dominio de las aguas ha permitido que ahora se disfrute de saltos de agua que hacen las delicias del caminante que pasea por los senderos habilitados al efecto. El Paisaje Protegido Local de la Fonte Benémola está atravesado por los rios Menalva y Algivre y sus orillas tienen una enorme y rica diversidad de flora y árboles como los fresnos, sauces, chopos u orquídeas y de fauna con nutrias o garzas.

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Volvemos sobre nuestros pasos hasta la N124 y torcemos a la izquierda hasta llegar a Salir, una localidad que aún conserva el enorme castillo árabe del siglo XII. Desde su cima se observa una buena panorámica del Berrocal, cuyo límite norte es la cercana Rocha da Pena, hacia la que nos dirigimos por la misma carretera hasta llegar a Pena y desviarnos hasta la aldea de Rocha y seguir una pista que nos acerca a este nuevo espacio protegido.  Un sendero de robles y acebos nos acompaña hasta la cima de este acantilado, donde se extiende una meseta de dos kilómetros de largo. La erosión en esta roca calcárea de viento y agua ha originado la formación de grutas, como el Algar dos Mouros, donde dice la leyenda que se refugiaron los moros después de la conquista cristiana de Salir.

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Siguiendo por la N124 llegamos  a Alte. Otro precioso lugar del Barrocal, caracterizado por su riqueza en agua. Y es que en pleno casco urbano nos podemos encontrar con una serie de manantiales decorados con azulejos, como no podía ser de otra manera en Portugal, de los que brota el agua. El nacimiento del rio Alte se encuentra unos kilómetros más arriba hacia la sierra, para los aficionados al senderismo. Mientras, en el pueblo, se puede admirar la belleza interior de la iglesia parroquial con sus tallas policromadas del XVIII.

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Seguimos por la N124 hasta llegar a la autovía IP1. La tomamos a la izquierda hacia el Sur hasta llegar a la A22, que de nuevo la tomamos hacia la izquierda para salir en Loulé. Habremos atravesado de nuevo todo el Barrocal hasta llegar a la ciudad más grande la zona. Loulé ofrece como atractivos su mercado municipal neomudéjar, con azulejos art nouveau en su fachada y recuerdo de un esplendoroso pasado árabe.  Para ejemplo, sirva la torre de la iglesia de Sâo Clemente. En este templo gótico, destaca ese campanario del siglo XII que es, sin embargo, el alminar de la antigua mezquita. Otro templo para ver es la pequeña capilla de Nossa Senhora da Conceiçao con una decoración de oro y azulejos que apabulla. El Convento do Espiritu Santo alberga la Galería de Arte y los restos de murallas del antiguo castillo de la localidad cobijan ahora la Oficina de Turismo y un pequeño Museo Arqueológico. 

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Por la N125A salimos hacia Faro, no sin antes desviarnos por la M521 a Almancil. La localidad destaca en especial por la iglesia de Sâo Lourenço dos Matos, una iglesia blanca que esconde dentro una decoración abigarrada de azulejos blancos y azules del siglo XVIII que explican la vida del santo. Completan la decoración el retablo de pan de oro. En Almancil se pueden admirar también las características chimeneas con dibujos calados habituales del Algarve. Desde esta localidad nos dirigimos por la N125 y la IC4 a Faro.

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De vuelta a Faro, vamos a aprovechar para disfrutar de las playas que se encuentran en la franja costera de esta localidad. Faro tiene a unos pocos kilómetros varias islas que forman el núcleo central del Parque Natural de Ría Formosa, del que ya hablamos en la etapa anterior de esta ruta (véase https://losviajesdelmolanti.wordpress.com/2016/05/16/ruta-por-el-algarve-1-del-guadiana-a-tavira-olhao-y-el-parque-natural-de-ria-formosa/ ).  La isla más grande es la Ilha da Barreta con una inmensa playa del mismo nombre y al oeste se abre una larguísima lengua de arena hasta tierra firme, donde se suceden playas como las de Barrinha y Faro. Siguiendo esa misma línea de playa llegamos a una zona poblada de campos de golf y complejos turísticos, desde Quinta do Lago a Val do Lobo. Para unos, está la opción del golf, para otros los pueblos turísticos y las playas de arena y para otros, las caminatas por la reserva de Ría Formosa. Al final de las playas se levanta Quarteira, uno de los primeros pueblos turísticos, que aún conserva un animado mercadillo semanal y un mercado estable en el núcleo antiguo.

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Siguiendo la ruta hacia el Oeste nos topamos con Vilamoura, un complejo turístico con puerto deportivo. En la Marinha de Vilamoura, precisamente, se halla el interesantísimo Museo Cerro da Vila, con los restos arqueológicos romanos y árabes hallados en la villa romana ubicada en ese lugar. El pueblo tiene playa de arena, pero lo mejor es seguir hacia el oeste unos kilómetros para admirar una excelente playa, la de Falesia. Un arenal fino que se extiende por más de tres kilómetros y unas aguas tranquilas frente al Océano son un reclamo estupendo para perderse por esta zona. La pared de arenisca que se extiende sobre la playa le confiere al atardecer un color inconfundible.

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En nuestro camino hacia poniente, hay otras playas interesantes como la Praia da Oura, otra cala de tonos rojizos con formaciones rocosas entre el agua. Ya estamos llegando a Albufeira, un claro exponente de la transformación de lo que fue un pequeño pueblo pesquero en un centro turístico con todo lo bueno y lo malo que conlleva. Las calles adoquinadas del viejo pueblo están repletas de tiendas de souvenirs, bares y restaurantes. Por éso es conveniente fijarse en las losas blancas y negras, un estilo que se remonta a la reutilización de los escombros de las casas demolidas tras el terremoto del siglo XVIII. Albufeira tiene una pequeña playa en el pueblo, una Marina hacia el oeste y a unos ocho kilómetros en esa dirección ofrece la Praia de Galé, otra inmensa y larga playa de arena fina y dorada, en especial al atardecer.  

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Armaçâo de Pêra es la siguiente localidad, que marca la separación entre las playas del este y las del oeste. Es otro animado centro turístico con ofertas de surf y submarinismo. Destaca asimismo la fortaleza o Forte de Santo António da Pedra da Galé, erigido en el siglo XVI para defenderse de los ataques de los piratas, aunque tras el famoso terremoto fue reconstruido. Al oeste del municipio, otro monumento se yergue sobre las concurridas playas. En este caso, es la capilla blanca de Nossa Senhora da Rocha, un lugar de peregrinación desde la Edad Media, rodeado de turismo por todos lados. Sin ir más lejos, debajo de la ermita hay una playa con calas protegidas entre altos acantilados.

Silves Castle

Por la M530-1 nos dirigimos al interior, parando en primer lugar en Porches,el eje de la industria alfarera de la región, con exposiciones y galerías donde los artistas elaboran sus piezas. Salimos por la N125 hacia el este para tomar a la izquierda la M529-1 hasta enlazar con la A-22 y volver de nuevo a la izquierda para tomar  después a la derecha la N124-1 que nos llevará a nuestro destino, Silves. Esta ciudad atesora mucha historia a sus espaldas, desde una factoría fenicia mil años antes de nuestra era hasta la Silbis romana y la Xelb árabe. En esa época destacó por su esplendor con cúpulas relucientes y alminares que sobrevolaban las terrazas que se extienden desde el impresionante castillo al río Arade. El castillo es el único monumento que resistió el terremoto del siglo XVIII y sigue siendo, a pesar de la reconquista que duró décadas, el mejor conservado de todo el Algarve. En la visita destacan las murallas y la cisterna, que abastecía de agua a la localidad.

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Del castillo bajamos por estrechas y adoquinadas calles a la catedral, que se edificó en el siglo XIV sobre la antigua mezquita. Otras visitas imprescindibles en Silves son el Museo Arqueológico, erigido sobre una casa árabe con pozo y  escalera de caracol de piedra y desde donde se puede ver el antiguo barrio árbae de la ciudad. La puerta medieval está cerca, se llama el Torreâo das Portas da Cidade. También subsiste el puente medieval sobre el río Arade, en cuyas orillas está la antigua fábrica de corcho, la Fábrica do Inglés, que se ha reconvertido en museo del corcho y centro de ocio.  A la entrada de la ciudad se levanta también otro vestigio medieval, el crucero del siglo XVI.  

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En los alrededores de Silves, subiendo hasta la sierra do Caldeirâo, en el límite norte del Algarve, nos encontramos con paisajes de almendros, algarrobos, granados, limoneros y huertas…En ese paisaje destacan dos inmensos embalses, el Barragem de Arade (donde desemboca el río, con actividades pesqueras y deportivas) y el Barragem do Fundo, que riega buena parte de la región. También está el pueblo de Sâo Bartolomeu de Messines, donde destaca su Igreja Matriz, con una hermosa fachada, púlpito de granito y capillas con azulejos del siglo XVIII.

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Volvemos a Silves por la misma N124 que hemos cogido antes y desde allí tomamos la N124-1 para llegar a Lagoa. Es la principal ciudad vinícola del Algarve, algo que no podía faltar en un país productor de vino como Portugal. Destacan sus tintos y blancos suaves y aromáticos. Conviene, por éso, participar en las visitas guiadas a las distintas bodegas de la localidad para conocer las instalaciones y saborear sus caldos y aguardientes. A la hora de comer, además de las habituales sardinas o jureles, también se pueden saborear los habituales dulces de la zona, los morgadinhos, que son figuras de mazapán con forma de animales o flores. En el pueblo se puede ver el Convento de Sâo José, dedicado a sala de exposiciones, que conserva en su patio de entrada un menhir del cuarto milenio antes de Cristo.

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Pero Lagoa tiene otros tesoros que han hecho de esta localidad un foco de atracción turística sin igual. Son sus fotogénicas playas, quizá las más reproducidas del Algarve. Y con razón. Si empezamos por el este, hay que hacer una parada ineludible en la Praia da Marinha. Está considerada una de las diez mejores playas de Europa y para disfrutarla conviene verla primero desde arriba, desde el acantilado; luego, bajar con cuidado las cien escaleras hasta la playa y no quedarse en la primera cala, sino continuar a las siguientes, para lo que hay que aprovechar la marea baja. Aunque siempre queda la opción, común en toda esta zona del Algarve, de llegar a las calas con un servicio de barco de los muchos que están organizados. Y después, a disfrutar de uno de los lugares más bellos de la costa del Algarve, con sus aguas azul turquesa y su arena fina.

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Por la M1273 y luego, a la izquierda, por la M530, llegamos a otro de los lugares mágicos de la costa del Algarve. Es la playa de Algar Seco, llena de acantilados, cuevas, túnelas y formaciones rocosas espectaculares en pleno Oceáno Atlántico, un mar ya bravío de camino hacia el Cabo de Sâo Vicente. A esta zona es mejor llegar en los barcos de los pescadores que salen del propio pueblo de Carvoeiro, a pocos minutos al Oeste. Dicen los geólogos que el origen de estas formaciones está en el choque de la placa tectónica africana con la europea. A los aficionados al submarinismo, las aguas de la zona les deparan simas espectaculares y a los que les gusta el barranquismo podrán descender hasta estanques naturales. En cualquier caso, aunque haya pocas calas, sólo la contemplación de la puesta de sol compensa llegar hasta aquí. En Carvoeiro hay más playas normales, concurridas por miles de personas. Una playa que se encuentra debajo de lo que fue un pequeño pueblo de pescadores hasta los años ochenta del siglo XX.  

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Aunque para pueblo de pescadores intacto está Ferragudo, otra localidad de Lagoa, que se halla en el estuario del rio Arade, frente a Portimâo. Las callejuelas adoquinadas de Ferragudo suben desde el río hasta la iglesia. En su casco urbano destaca la fortaleza del siglo XV, el Castelo de Sâo Joâo de Arade, erigido con caracter defensivo en la desembocadura del Arade y frente a otra construcción que cerraba la entrada marítima en la localidad de Portimâo, en la orilla occidental. Ferragudo tiene varias playas, entre las que detaca la Praia Grande. Pero nuestro viaje continúa al otro lado del río, a Portimâo, a donde llegamos cruzando un puente sobre el Arade que nos mete de lleno en el casco urbano de la localidad.

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Portimâo  es uno de los principales puertos pesqueros del Algarve. Posee un largo paseo marítimo y un muelle desde donde parten múltiples excursiones de pesca y cruceros por la costa para admirar los acantilados de los que venimos hablando en esta ruta y por el río Arade hasta Silves. Es un centro comercial de la zona y en su casco urbano destacan el ayuntamiento, ubicado en el palacio de los vizcondes de Bivar del siglo XVIII o el colegio e iglesia de los Jesuitas, que es el mayor edificio del Algarve. También son destacables algunos edificios de estilo art nouveau, cuyo origen se debe a la riqueza que disfrutó la localidad en los comienzos del siglo XX.  El caso antiguo queda un poco alejado de la costa, donde la atención se la lleva otra larga playa, la de Rocha, que termina, claro está y como el nombre indica, en una inmensa roca como las que no paramos de admirar en nuestro recorrido por la costa del Algarve. Otra de las imágenes icónicas del Algarve, con sus columnas de arenisca ocre en una playa orientada al sur y desde donde se puede ir en barco a otras calas aisladas de la costa.  Al comienzo de la playa se levanta la fortaleza de Santa Catarina, del siglo XVIII, que cierra la salida al mar del Arade y protegía la costa de las incursiones berberiscas en aquella época.

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Fotografías:Turismo en Portugal, Absolut Potugal, lalaviajera.com, antonio alba, Wasquewhat, anirik_01, Francisco Santos

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