Ruta por el Algarve (y 3) : de Lagos al cabo de Sâo Vicente y el Parque Natural de la Costa Vicentina

cabo sao vicente

Llegamos al final de nuestro recorrido, que es también el final de Europa. El cabo de Sâo Vicente es el límite suroccidental europeo, la punta del viejo continente que se introduce en el Océano Atlántico mirando al horizonte, que tantos portugueses lo hicieron suyo en pos de nuevas tierras para la monarquía lusa. No en vano, los lusitanos siempre han mirado al mar, porque sus espaldas estaban siempre asediadas por unos reinos peninsulares que codiciaban ese frente marítimo. Cientos de personas se agolpan cada tarde para admirar la puesta de sol sobre el mar en tan especial mirador.

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Y el mar es el que nos vamos a encontrar en esta etapa de la ruta, porque no sólo lo disfrutaremos en el sur, el Algarve que hemos conocido hasta ahora, sino también en la fachada Oeste. En ese tramo continúa un Algarve más salvaje, abierto al Océano, y diferente al resto de la región. En esta zona se inscribe el Parque Natural de la Costa Vicentina, que abarca ochenta kilómetros de costa  y que se alarga más al norte con el Sudoeste Alentejano, en cuanto se cruza el rio Seixe y se entra en la región del Alentejo y que constituye la mayor extensión protegida de costa portuguesa.

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En esta costa vicentina, miles de surferos de toda Europa acuden cada año a aprovechar las aguas bravas del Océano en playas abiertas al mar en arenales interminables o enmarcadas por acantilados que resguardan al viajero no surfero de los fuertes vientos de la zona. Aquí estamos ante un Algarve diferente, con una naturaleza intacta, fuerte y salvaje. El mar, más agitado que en el resto de la región, pone la banda sonora a nuestro paseo por la Costa Vicentina.

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Pero antes de torcer hacia el Oeste, por la costa sur del Algarve, seguiremos maravillándonos con las imágenes más atractivas de la región y que conocemos de memoria. Si en la anterior etapa https://losviajesdelmolanti.wordpress.com/2016/08/23/ruta-por-el-algarve-2-de-faro-a-portimao-y-silves/ ya destacamos la fotogenia de Alvar Seco, en esta ocasión la admiración tiene un nombre: Ponta da Piedade. Esta zona de la costa, con calas y cuevas, forma junto a la Praia de Santa Ana el mayor atractivo del recorrido. Ambos enclaves se ubican muy cerca de Lagos, otra de las grandes ciudades del Algarve.

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Es, también, el último complejo turístico de la región dentro de nuestro recorrido. Una gran ciudad que, sin embargo, esconde un casco urbano histórico y amurallado y con importancia en el imaginario coletivo portugués. Y es que desde su puerto salió a combatir musulmanes en África el rey Sebastiâo I con veinte mil hombres. Pero en Alcazarquivir, en el actual Marruecos, quedó diezmado el ejército portugués, apresados gran parte de la nobleza y, además, muerto el joven rey, de tan solo 24 años. Hay una leyenda que dice que no murió y, desde entonces, se habla de él como el “rey durmiente” que vendría a ayudar a Portugal en las horas inciertas. Dos años después de su muerte sin sucesión, ni tampoco de su tío abuelo Enrique I que heredó la corona, entró en jaque su tío Felipe II de España que comenzó la etapa de unión de los reinos ibéricos que duraría casi un siglo.

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Y subiendo hacia el Norte nos topamos con Vila do Bispo y Aljezur, las dos localidades más importantes de la Costa Vicentina, aunque estén en el interior, adormecidas bajo el sol implacable del sur y resguardadas por la historia larga y fecunda del Estado más antiguo de Europa. Atesoran muchos siglos detrás, porque la primera localidad, como su nombre indica, fue la donación real al obispo del Algarve, y la segunda recuerda en piedra la época en que esta zona, como el resto de la península Ibérica, estuvo bajo dominio musulmán. Su castillo así lo atestigua.

serra momchique

Pero, como siempre, además de las playas y las ciudades, hay otras cosas. Está, por ejemplo, la Sierra de Monchique, que atesora fuentes termales en su seno y cursos de agua que obligan a sendas y caminatas para disfrutar de un paisaje inusualmente verde para el Algarve.  Los ríos, arroyos y fuentes de agua caliente ya fueron alabados por los romanos, que llamaron a la zona Mons Circus, que, con el paso del tiempo, devino en el Monchique portugués actual. 

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En esta zona se alza también la cima de la región, el monte Fóia, de más de novecientos metros, desde los que se atisba la línea de costa tras la inmensa llanura que se prolonga a los pies de esta sierra, el límite septentrional de una región marcadamente turística, pero que aún ofrece a los visitantes interesados rincones donde se conserva la vida tradicional y tranquila de este pueblo sabio y antiguo que habita desde siglos un entrañable rincón en la esquina suroccidental de Europa.

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Cómo llegar:

El aeropuerto de Faro recibe vuelos directos de Barcelona, Madrid y Palma de Mallorca. Por carretera, la mejor manera de llegar es acceder a Sevilla y, desde allí, tomar la autovía A-49 que cruza el Guadiana y se convierte en Portugal en la A-22, la vía que discurre por todo el Algarve, igual que la N-125, ésta pegada a la costa.

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Itinerario:

termas monchique

Saliendo de Portimâo por la N124 hacia el norte y enlazando con la N266 en la misma dirección llegamos a Caldas de Monchique. Aquí se levanta un centenario balneario, aunque sus aguas y sus propiedades ya eran conocidas por los romanos. A finales del siglo XIX se construyó el balneario, que logró reunir entre sus paredes a lo más granado de la burguesía portuguesa en los comienzos del siglo XX.  Ya no es el lugar aristocrático de antaño y, tras su restauración a comienzos de este nuevo siglo, es un destino de turismo de masas, atraídas no sólo por el lugar y sus encantos sino por la gastronomía de sus varios restaurantes. Para acabar los ágapes, nada mejor que el licor de medronho (madroño) y los paseos por las sendas y caminos que se adentran en el bosque circundante y que llevan a los visitantes a fuentes de agua caliente con su habitual sabor a azufre. 

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Siguiendo por la misma carretera N266 hacia el Norte nos adentramos en plena Serra de Monchique. Aquí se abren muchas posibilidades. Por un lado, se puede visitar la pequeña localidad de Monchique que conserva la arquitectura tradicional del Algarve y ofrece algunos monumentos como el Convento de Nossa Senhora do Desterro, del siglo XVII , el Pelourihno, el crucero habitual a la entrada de las localidades durante muchos siglos, o la Igreja Matriz, que conserva una bella portada manuelina y una capilla repleta de azulejos del XVII. Pero también Monchique es la puerta de entrada a la Sierra de su mismo nombre. 

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La localidad de Monchique está rodeada de dos sierras, la Serra da Picota con una altura de casi ochocientos metros y la Serra de Fóia, con más de novecientos metros, siendo el punto más alto del Algarve y de todo el Portugal continental. Ambas elevaciones se enmarcan en la Serra de Monchique, que posee un clima subtropical húmedo por su cercanía al mar. Eso hace que aquí se puedan encontrar ejemplares botánicos de importancia, como la mayor magnolia de Europa cerca del balneario de Monchique. Muchos ríos nacen en la sierra, que es apta para ser paseada, recorrida y disfrutada. Subir al Fóia y ver desde allí toda la región (el Atlántico al Oeste, las colinas del Alentejo al norte, el embalse de Odelouca al este) es el objetivo de cualquier senderista que se acerque a este espacio natural, que es también destino ideal para todos los amantes de la observación de aves.

RIA ALVOR

Volvemos de nuevo hacia Portimâo y nos desviamos al Oeste, a la localidad vecina de Alvor, que ocupa la punta oriental de la bahía de Lagos. Si algo destaca en este lugar es la inmensa ría donde desemboca el Odeixere, aunque el espacio se conoce también como ría de Alvor. Tiene aguas poco profundas y está abarrotada de aves, constituyendo otro destino apreciado por los avistadores de esta fauna. Ahora, el turismo ha suplido a la pesca, tradicional riqueza de la zona, y millares de turistas se agolpan en las playas de esta localidad, como las dos lenguas de arena que cierran la ria, la praia dos Três Irmâos y la Praia do Vale da Lama. Alvor remonta su nacimiento al llamado Portus Hannibalis, o puerto de Anibal, y aún posee algunos vestigios del pasado musulmán, como los restos de su castillo.

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Por la N125, o por la M534 pegada a la costa, llegamos a Lagos. La ciudad se asienta en la desembocadura del Bensafrim, donde se halla la Marina de Lagos, con amarre para cientos de embarcaciones. En la orilla opuesta se levanta la ciudad antigua, mientras que los complejos turísticos se extienden al Oeste. Las calles adoquinadas de la ciudad vieja están resguardadas por las murallas del siglo XVI. El centro de la localidad está en la Praça Gil Eanes, con la estatua de Dom Sebastiâo en el centro. En la salida al mar del rio (en realidad, un canal) se encuentra el Forte da Ponta da Bandeira, del siglo XVII, que alberga en su interior un Museo Marítimo que habla de Lagos en la época de los descubrimientos. De aquella época, queda aún en pie una réplica de alguna de las muchas carabelas que aquí se construyeron.

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Lagos fue la capital del Algarve y el centro del tráfico marítimo que trajo consigo la época de los descubrimientos. Una época que también vio, por desgracia, la aparición del comercio de esclavos, siendo precisamente Lagos la primera ciudad europea con un mercado de estas características en el siglo XV. Ese mercado se instaló en los soportales de la Casa de la Aduana. Hay que decir, en su descargo, que Portugal fue el primer pais en abolir la esclavitud, gracias a las medidas liberalizadoras del ilustrado Marqués de Pombal. En el paseo por Lagos no puede faltar la visita a la iglesia de Santo António, con un retablo del XVIII que relata la vida de este santo portugués. Anexo a la iglesia está el Museo Regional, con piezas religiosas, vestidos, cuadros, alfarería y restos arqueológicos.

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Un sendero comunica Forte da Ponte da Bandeira con las dos playas más famosas de Lagos y, quizá, del Algarve. La primera de ellas es la Praia de Dona Ana, una recoleta playa rodeada de rocas. La zona donde se ubica se conoce como Costa de Oro, a causa del color dorado de las rocas que rodean la playa. Dona Ana está protegida del viento y tiene aguas tranquilas, que aprovechan los bañistas para acercarse hasta las rocas que despuntan del agua cerca de la costa. La belleza de la playa ha motivado que haya sido escogida varias veces por revistas internacionales como la más bonita de Portugal e, incluso, la mejor del mundo.

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Por el sendero del que hablamos, a pie, y por la M536, en coche, se accede cerca de la Ponta da Piedade, que ocupa el extremo suroeste de la bahia de Lagos. Desde el faro hay senderos que llevan a la punta, aunque hay que tener mucho cuidado al bajar por las escaleras esculpidas en las rocas. Al final del recorrido, junto al agua, hay pequeñas barcas que realizan excursiones por las cuevas y rocas de este excepcional monumento natural. Es un paisaje similar al que ya hemos visto en Algar Seco, con promontorios, acantilados y arcos. Varias formaciones de los acantilados verticales tan habituales en el Algarve, de hasta veinte metros de altura, se ofrecen al visitante para recrear la vista y convertirlo en una experiencia única.  Además de esas pequeñas barcas,  la mejor manera de disfrutar de este paisaje es con alguno de los barcos que salen de Lagos y que realizan una excursión de varias horas por la zona. 

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Siguiendo la línea de costa, nos topamos con otras playas como la de Luz, un barrio de Lagos, con pozas en las rocas y grandes arenales. La playa se cobija bajo la antigua fortaleza de Nossa Senhora de Luz y una calzada que contiene restos de unas termas romanas. Por la N125 y luego la M537 llegaremos a Burgau, donde da comienzo el extenso Parque Natural del Sudoeste Alentejano y Costa Vicentina. Y aquí mismo nos damos cuenta del cambio paisajístico. Ya no se suceden largos arenales, sino pequeñas calas diseminadas entre una costa abrupta, con un mar más bravío. 

Castelejo,_Costa_vicentina

Entre Burgau y Salema hay varias playas, pero ya hay que recorrer algunos kilómetros para ir encontrándose con rincones aislados, calas solitarias y playas que soportan los fuertes vientos. Así se descubren estas pequeñas joyas en playas como la de Figueira o Boca do Rio, unida con la de Almadena por un camino de dos kilómetros en lo alto del acantilado. La presencia de complejos turísticos en esta zona en concreto desciende con respecto a los grandes núcleos del Algarve más al este y éso siempre es de agradecer. Y éso que el turismo sigue siendo aquí la tabla de salvación económica, porque el salitre del aire y la pobreza del suelo han frenado la agricultura de la zona.

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Siguiendo la línea de costa en los últimos tramos del sur portugués, nos esperan más playas recónditas, ideales para deportes náuticos como el surf, pero también el buceo y la exploración de grutas sumergidas llenas de vida marina. Aquí encontramos las playas de Beliche,Tonel, Martinhal, Ingrina, Zavial  o Mareta, en pleno casco urbano de Sagres. Esta localidad acoge una imponente fortaleza defensiva del siglo XVIII, con un portón neoclásico y una rosa de los vientos con un diámetro de más de cuarenta metros. Aquí se ubicó también la escuela de navegantes del rey Henrique, que inició el ciclo de los descubrimientos para mayor gloria de la nación lusitana. Antes de las aventuras oceánicas de los portugueses, éste era el fin del mundo conocido en el siglo XV. Los edificios de la época de Henrique desaparecieron en el siglo XVI en los ataques del pirata Sir Francis Drake cuando Portugal estaba bajo la dominación española. Ahora, Sagres es la puerta hacia una zona con turismo menos agresivo, con pueblos más tranquilos, alejados de las hordas de visitantes que pueblan la costa del Algarve que acabamos de dejar.

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Unos kilómetros hacia el oeste se sitúa el cabo de Sâo Vicente, el Finisterre portugués, el fin de la tierra conocida. Los romanos, conscientes de la carga simbólica de este lugar, ya construyeron un templo en un lugar considerado desde entonces mágico. Ahora, la magia viene de la luz que emite su faro y que se extiende cien kilómetros mar adentro para ayuda de los barcos de todo tipo que surcan el Océano Atlántico en esta zona. El atardecer es el mejor momento para admirar la belleza de las puestas de sol en este límite del continente. Miles de personas lo hacen a diario agolpándose en la cima de este acantilado de setenta metros de altura, resistiendo los fuertes vientos que llegan hasta aquí. También hay, según las épocas del año, frío, lluvia, niebla… O sea, que no siempre hay imágenes de postal y, en cualquier caso, siempre hay que tener cuidado. Además de admirar cómo se hunde en el horizonte el sol tiñéndolo todo de naranja, también se puede reservar algún momento para seguir las aves acuáticas en sus movimientos sobre las olas bravías…

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Por la N268 llegamos a Vila do Bispo, donde destaca su iglesia parroquial de Nossa Senhora da Conceiçao cubierta de azulejos con delfines del siglo XVIII. El origen de la villa está en el regalo de la localidad por parte del rey Manuel I al Obispo del Algarve en 1515, con la importante riqueza que generaban los ingresos de los numerosos molinos de viento, de los que sólo quedan un par. El municipio, que comprende desde Brugau a Sagres, tiene también riqueza patrimonial, con el mayor conjunto de menhires de toda la región, diseminados por la comarca. Esta zona también resulta excelente para la observación de aves, especialmente en el otoño, cuando vienen del norte de Europa en busca de lugares más cálidos. Aves como la garza blanca o las distintas especies de águilas viven aquí todo el año, ajenas a los turistas. 

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Por la N268 bordeamos el Parque Natural y más al Norte, ya cerca de la costa, nos paramos en Carrapateira. Es una pequeña localidad que, sin embargo, permite acceder a dos de las mejores playas de la costa Vicentina. Por ejemplo, la de Bordeira, guardada por la ruinas de un fuerte del siglo XVIII y en la desembocadura de un pequeño rio, lo que provoca que con la crecida de las mareas se forme una pequeña isla en medio de la playa. Y hacia el Sur, otra playa igualmente interesante, la de Amado, con la Pedra do Cabaleiro de protección.Éste es uno de los destinos ideales del turismo surfero europeo. Aquí se reúnen miles de aficionados al surf, windsurf y bodyboard del continente, que disponen de un surfcamp acondicionado junto a la playa. Hacia el interior, se abre un valle que en primavera se tiñe de color, aunque el resto del año tenga un aspecto más árido.

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Por la misma carretera N268 seguimos en dirección Norte, hasta que enlazamos con la N120 que nos lleva en pocos kilómetros a la última localidad importante de la costa Vicentina. Se trata de Aljezur, que ofrece al visitante el aliciente de los restos de un gran castillo árabe del siglo X, cuando la localidad era un importante puerto fluvial. El castillo fue tomado en el siglo XIII por el caballero cristiano Dom Paio Peres Correia y, como otros monumentos de la zona, fue afectado gravemente por el terremoto del siglo XVIII  y rehabilitado el siglo pasado para evitar su ruina. Cerca de la localidad encontramos la relativamente tranquila playa de Amoreira, la naturista de Adegas o la de Arrifana, otra meca surfera. En este caso, podemos encontrar también los restos de un antiguo fuerte de costa y asomarnos a la Pedra da Agulha, al final de los acantilados. Unos kilómetros más al norte se encuentra la localidad de Ocedeixe, productora de cerámica y límite norte del Parque Natural, al ser la frontera con el Alentejo, de la que le separa el río Seixe.

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Fotografías de : Cranley, Termas de Portugal, Visit Portugal, Lacobrigo, Turismo en Portugal, Algarvetouritsguide.com, Nicolai Schäfer, Valter Jacinto, Surferrule.com, compartodromo, lusitana

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Una respuesta a “Ruta por el Algarve (y 3) : de Lagos al cabo de Sâo Vicente y el Parque Natural de la Costa Vicentina

  1. Una trilogía que nos permite -como lectores- disfrutar de aquello que el viajero puede conocer en esa parte portuguesa de Alentejo, Algarve y la costa Viçentina. Enhorabuena y gracias por los reportajes.

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